Luciano no podía entender por qué Hanna le exigía una extorsión de esa magnitud. En su mente, solo le estaba pidiendo prestado al médico un par de días.
Ella le estaba exigiendo prácticamente todo su patrimonio actual. Salvo las futuras acciones del Corporativo Larios, Hanna sabía exactamente cuánto tenía a su nombre y lo quería todo.
Era el equivalente a dejarlo en la calle.
Para Luciano, su petición era inofensiva y no perjudicaría a Hanna, pero ella estaba usando eso para asfixiarlo financieramente.
—¿No crees que estás siendo demasiado insensible? —preguntó Luciano, dolido—. Ya te prometí que en cuanto termine esta cirugía no volveré a ver a Rocío Luján. Con esto saldaré mi deuda con ella de una vez por todas. ¿Qué más quieres? ¿Por qué me acorralas así?
Hanna asintió lentamente.
—La insensible no soy yo. Mírate al espejo y ve lo que estás haciendo. Me estás arrebatando mi única esperanza de volver a caminar. ¿Cuántas veces me han lastimado tú y Rocío? Estoy postrada en esta cama por culpa de ustedes. Si no vas a aceptar mis términos, entonces deja que el doctor continúe con mi cirugía programada.
Luciano comprendió que Hanna jamás le cedería al especialista. Sin importar lo que dijera, no obtendría su permiso.
Pero el estado de Rocío no podía esperar. Ya que Hanna se negaba a ser razonable, él no tenía por qué seguir pidiendo permiso.
—Hanna, me estás obligando a esto. Lo siento —respondió Luciano con frialdad.
Dio media vuelta y salió de la habitación con paso decidido.
No habría más negociaciones.
Un presentimiento helado invadió el pecho de Hanna.
En ese instante, la pantalla de su teléfono se iluminó. Lo tomó con manos temblorosas.
Era un mensaje de Tatiana Soler. Le había enviado una nota de voz de una conversación entre ella y Luciano.
La voz aguda de Tatiana sonó en el auricular: —Luciano, ya que Hanna está paralítica, mejor no dejes que la curen. Si se recupera, volverá a usarte para conseguir el poder del corporativo. Hasta cree que divorciándose podrá pescar a un millonario. Déjala en silla de ruedas, así aprenderá a ser dócil. Luego podrás ir a divertirte con Rocío a donde quieras y ella no se atreverá a dejarte. Tú te quedas con la herencia y ella solo podrá tragar veneno.
La respuesta de Luciano, breve y clara, la destruyó.
Luciano tenía una fortuna que aplastaba la de ella y, sobre todo, tenía la autoridad legal como su esposo para manipular la situación ante los médicos.
Y ella... ella era solo un cuerpo inútil que no podía mover las piernas.
Pero negarse a rendirse era su única opción. El doctor Dyson se lo había dejado claro: si operaban las fracturas que comprimían sus nervios lo antes posible, y con buena rehabilitación, tenía un ochenta por ciento de probabilidades de recuperarse. No podía perder ni un segundo.
Tenía que encontrar a Dyson. Tenía que hablar con él cara a cara.
Llevada por la adrenalina, Hanna se apoyó con los brazos temblorosos e intentó pasarse a la silla de ruedas de repuesto que estaba plegada junto a la cama.
Las costillas rotas le produjeron un dolor punzante, un fuego agudo que la dejó sin aliento, pero apretó los dientes y soportó la tortura.
Se dejó caer en el asiento. Nunca en su vida había manejado una silla de ruedas, pero el instinto de supervivencia fue más fuerte.
Empujó las ruedas con las palmas de las manos, arrastrándose hacia el pasillo. Tenía que encontrar a Hugo Dyson. Tenía que suplicarle que se quedara.

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