Luciano rompió el silencio de golpe:
—Hani, las piernas de Rocío están muchísimo peor que las tuyas. Tiene fracturas conminutas y una infección brutal. Después de darle una paliza, la tiraron a un vertedero de basura. El médico allá me dijo que, si no la operan ya, van a tener que amputarle las piernas.
Hanna soltó una risa irónica, casi amarga.
—¿Y por qué me cuentas eso a mí? ¿Qué tiene que ver conmigo?
Luciano, ignorando su tono, continuó:
—Sé que si Rocío no hubiera ido a armar un escándalo con el abuelo, él no me habría exigido que diera a Camilito en adopción. El niño me preguntó varias veces si ya no iba a tener papá. Hani, de verdad creo que lo de las canicas fue solo una travesura del niño, una broma pesada que se le salió de las manos. Él nunca imaginó que te lastimaría tanto. Además, ya lo castigué duramente. No vas a tener que criarlo nunca más. En el fondo, esto no tiene nada que ver con Rocío.
¿Castigo?
Hanna miró sus piernas, que seguían sin reaccionar a nada. ¿De qué demonios servía su castigo?
¿Acaso iba a hacer que pudiera levantarse y caminar mágicamente?
Hanna sabía muy bien que Luciano nunca culparía a Rocío, pero no imaginó que su descaro llegaría a este nivel.
Cualquier persona con dos dedos de frente sabría que detrás de un acto tan cruel por parte de un niño, había un adulto manipulando los hilos. ¿Él no podía verlo?
¿O simplemente elegía estar ciego?
Hanna lo miraba, desconcertada, preguntándose a dónde quería llegar con todo este discurso.
Hasta que lo escuchó decir:
—Hani... te equivocaste de persona al vengarte.
El corazón de Hanna dio un vuelco.
Levantó la mirada y clavó sus ojos en él, llenos de furia.
Las lágrimas inundaron los ojos de Hanna.
—Hasta un completo desconocido sabe lo que significa respetar un turno. Solo porque soy tu esposa... ¿ni siquiera tengo derecho a eso?
—No me refiero a eso —trató de justificarse Luciano—. A lo que voy es que ella está mucho peor que tú. Lo necesita más. Y ya que tú fuiste la culpable de lo que le pasó, deberías sentir al menos un poco de remordimiento y dejar que la operen primero.
Hanna no lo soportó más.
—¿Que yo soy la culpable? ¿Que yo debería sentir remordimiento? Luciano, ¿te estás escuchando? Estás invirtiendo los papeles de una manera asquerosa. Yo soy tu esposa. Esa mujer es la amante sin moral que intentó destruir a mi familia y manipuló a un niño para dejarme inválida. ¡Dime tú, ¿quién es la verdadera culpable?!
Luciano se quedó sin palabras. La miró fijamente durante un largo y tenso silencio.
De pronto, dejó escapar un suspiro gélido y su rostro se endureció por completo.
—Sabes bien que sin mi firma, no podrás operarte.

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