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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 125

Luciano sintió una punzada en el pecho al notar lo poco que Hanna confiaba en él. Sin embargo, sabía que no podían perder tiempo y se apresuró a responder:

—Por supuesto que sí. Soy la persona más cercana a ti. Te juro que te curaré.

Hanna asintió. Había cedido; dadas las circunstancias, no le quedaba otra opción.

—Llévame entonces.

Luciano, lleno de alegría, ordenó de inmediato que prepararan su avión privado y trasladó a Hanna a bordo.

Durante el vuelo, el estado de Hanna era preocupante. No dijo una sola palabra, parecía una muñeca vacía.

Por más que Luciano intentaba consolarla, ella solo lo miraba con ojos llenos de dolor y profunda desesperación.

Luciano, que siempre la había tratado con frialdad, ahora se mostraba inusualmente tierno. Pidió que les llevaran un poco de sopa y se la dio de comer cucharada por cucharada. Cuando ella terminó, cerró los ojos para dormir, negándose a hablar con él.

Hanna no podía olvidar. Sabía que, al igual que cuando sufrió aquel aborto, Luciano jamás castigaría a Rocío Luján.

Esa vez perdió la mitad de su vida, y ahora sentía que había perdido la otra mitad. Pero la verdadera culpable seguía impune. Sentía una impotencia desgarradora que le hacía brotar las lágrimas en silencio. ¿Cuántas vidas tiene una persona para ser destruida? Prometió que no volvería a hundirse en ese pozo de miseria.

En cuanto se recuperara, exigiría el divorcio de inmediato, costara lo que costara.

Apenas aterrizaron, Luciano, que tenía planeado llevar a Hanna directamente al hospital donde trabajaba Dyson, recibió una llamada repentina.

Al contestar, escuchó unos alaridos terribles. Era la voz de Rocío.

Gustavo Luján gritaba por el teléfono:

—¡Luciano! ¡Atacaron a mi niña! ¡La dejaron irreconocible! Sus piernas... ¡sus piernas! ¡Se las rompieron de la forma más brutal!

Luciano se quedó helado, incapaz de procesar la noticia.

—¿Cómo es posible? ¿Dónde pasó esto? —preguntó, con la voz cargada de tensión.

Pero algo no cuadraba en la cabeza de Luciano. ¿De verdad Julián tenía tanto poder?

Tratando de ignorar sus sospechas, escuchó el llanto desesperado de Gustavo al otro lado de la línea.

—Luciano, tienes que venir a ver a Rocío. ¡La han destrozado! Si no vienes, ella no querrá seguir viviendo...

—Pero... —Luciano no olvidaba su compromiso. Estaba allí para acompañar a Hanna a una cirugía altamente riesgosa.

Ni siquiera habían llegado al hospital de destino.

Tenían que trasladarse desde el aeropuerto hasta otro estado. ¿De dónde sacaría tiempo para ir?

En ese preciso instante, los mensajes de Tatiana Soler empezaron a inundar su teléfono. Luciano abrió el chat y palideció. Las fotos de las heridas de Rocío lo dejaron sin aliento.

Rocío estaba horriblemente hinchada. De sus heridas supuraba sangre y pus. Pero lo peor eran sus piernas: además de los enormes hematomas morados, los huesos habían rasgado la piel y sobresalían de forma espantosa.

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