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Tu desprecio fue mi suerte: En los brazos del hombre que te arruinó romance Capítulo 123

Luciano Larios se sentía deprimido. Su instinto natural era huir. Sumado a lo dura que había sido Hanna con él, y dado que su especialidad era ignorar los problemas, pensó que esto era solo una rabieta. Supuso que, si le daba tiempo para calmarse, todo volvería a la normalidad.

Efectivamente, tras la partida de Luciano, el estado emocional de Hanna fue estabilizándose. Volvió a respirar con normalidad; el oxígeno fluía de forma constante y los analgésicos finalmente surtieron efecto.

—Julián... mis piernas... ¿están inservibles? —preguntó Hanna, con la voz cargada de tristeza.

Julián Serna sabía que ella estaba perdiendo la esperanza. Los médicos locales no sabían cómo manejar una fractura tan severa, pero él no se iba a conformar con una sola opinión.

Había movilizado todos sus contactos: familia, amigos y colegas académicos. Envió los resultados médicos de Hanna al mejor especialista en ortopedia de la capital. Tras revisarlos, el experto confirmó que la cirugía era posible, pero el riesgo era altísimo, y sugería un tratamiento conservador. Al preguntarle si con ese tratamiento volvería a caminar, el diagnóstico del experto fue pesimista.

Para que volviera a ser la misma de antes, tendría que ocurrir un milagro.

Justo cuando Julián empezaba a desesperarse...

Sebastián Silva, ya fuera porque vio la publicación en sus redes o por amigos en común, le recomendó a un cirujano especialista.

Aferrándose a esa esperanza, Julián lo contactó y le envió los informes médicos. La respuesta no tardó en llegar: el médico ya había operado casos similares con absoluto éxito.

Al principio, Julián temió que fuera una exageración. Pero tras investigar en plataformas académicas y médicas de renombre mundial, descubrió que el contacto era una eminencia. Se trataba de un legendario neurocirujano en Estados Unidos, con un historial probado de curar lesiones así de graves.

Julián corrió a darle la noticia a Hanna.

—Llévame con él —suplicó Hanna, visiblemente emocionada.

Quería curarse. No soportaba verse en ese estado. Siempre había sido una mujer independiente y exigente consigo misma; nadie se resigna a vivir postrado en una silla de ruedas.

Julián siempre era un hombre educado, medido en sus palabras, con la paciencia propia de un profesor universitario.

Pero en ese momento, no dudó en usar las palabras más afiladas que encontró.

Luciano no estaba dispuesto a ceder; la ira comenzó a hervir en su interior.

—¿No crees que te estás metiendo demasiado en asuntos de un matrimonio ajeno? ¿Tú quién te crees que eres?

Julián frunció el ceño.

—Tú fuiste quien la puso en este peligro. ¿Cuántas desgracias y amarguras le has provocado todos estos años? Si no te hubiera elegido a ti en aquel entonces, no habría tenido que sufrir ese aborto, no habría soportado tus traiciones, ni mucho menos habría terminado medio paralizada. Tú eres su verdugo. Yo no soy nadie, es cierto, pero tú eres un completo animal.

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