Si llamaba a la policía, considerando la gravedad de las lesiones y la naturaleza del caso, era casi seguro que estallaría un escándalo mayúsculo.
En segundo lugar, Doña Úrsula sabía perfectamente que Camilito llevaba su sangre, mientras que Hanna no era más que una aparecida. La familia Larios, por supuesto, iba a encubrir a los suyos. ¿Qué justicia podía esperar una extranjera en su propia casa?
La matriarca tampoco quería que el alboroto llegara a oídos de Don Ricardo, quien estaba descansando en el ala trasera. Si la policía se involucraba, la situación se saldría de control.
Mientras esperaba la ambulancia, Hanna se aferró a la manga de Luciano.
—Ayúdame a llamar a la policía... por favor, te lo ruego. Esto fue un intento de asesinato.
Luciano hizo el ademán de sacar su teléfono, pero Doña Úrsula le agarró la mano.
—Luciano, no llames a nadie. Esto fue culpa de Hanna por no fijarse por dónde caminaba. ¿A quién más va a culpar? Y aunque hubiera una canica, los niños juegan y no miden las consecuencias. Camilito es tu hijo. Piensa bien qué es lo más importante aquí.
El rostro de Luciano se oscureció.
—Pero las heridas de Hanna no son un juego. Si no denunciamos, sería una injusticia terrible para ella.
El rostro arrugado de Doña Úrsula se volvió hacia Hanna con frialdad.
—Hanna, como mujer mayor, te ruego que no hagas un escándalo. Si te sientes agraviada, yo misma me disculpo en nombre de Camilito. Es un niño, no sabe lo que hace. Eres una adulta, ¿para qué rebajarte a pelear con una criatura? La medicina está muy avanzada hoy en día; si estás lastimada, te curas y punto. No hay que ahogarse en un vaso de agua. ¿Quién no se ha caído alguna vez? La escalera ni siquiera es tan alta, es imposible que te hayas destrozado. Seguro en un rato ya puedes levantarte sola.
Hanna la miró con el rostro bañado en lágrimas.
—¡De verdad me duele muchísimo! No siento las piernas, esto no es un juego. ¡Incluso desde un segundo piso uno se puede matar! ¿Acaso mi muerte también sería 'ahogarse en un vaso de agua'?
El rostro de Doña Úrsula se endureció y le espetó con desprecio.
—¡Deja de lloriquear! Incluso si te mueres, la familia Larios te organizará un funeral digno. Si fuiste descuidada, la culpa es tuya.
Hanna observó las facciones de la anciana. Por primera vez vio la auténtica y despiadada crueldad en ese rostro. Sabía que la despreciaba, pero nunca imaginó que llegaría a este extremo. Probablemente, Doña Úrsula la culpaba de todos los escándalos recientes de Luciano.
Desesperada, miró a su esposo.
—¿Dónde está mi teléfono? Dámelo, yo misma llamo.
Para cuando Doña Úrsula reaccionó, el niño ya había recibido una verdadera paliza. Se lo arrebató de los brazos rápidamente.
—¡Vas a matar a la criatura! ¡Ya basta, déjalo en paz!
Luciano, aún hirviendo de rabia, buscó algo con qué seguir pegándole, pero la anciana le ordenó a la niñera que se llevara al niño de inmediato.
Un poco más calmado, Luciano se dirigió a Hanna.
—Mi amor, perdónalo. Es muy pequeño, aunque comprobáramos que lo hizo, no iría a la cárcel, solo habría una compensación económica. Te prometo que haré que te curen y te recompensaré por todo. Si hacemos un escándalo ahora, seremos la burla de todos. No podemos llamar a la policía en pleno cumpleaños del abuelo. Cuando te recuperes, si quieres castigarlo, puedes pegarle las veces que quieras.
Le había dado esa brutal paliza a su propio hijo solo para que Hanna desahogara su ira, pero ella solo lloraba en silencio, sin palabras.
En ese momento llegó la ambulancia. Pero Doña Úrsula se interpuso en el camino de los paramédicos y se inclinó hacia Hanna.
—Firma este documento de desistimiento, comprométete a no denunciar después, y entonces dejaré que los médicos pasen a recogerte.

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