—Antes siempre estabas tan ocupado que no comías bien. A partir de ahora, te prepararé una gran cena todos los días.
—Amor, mira, ¿no crees que nuestra casa se ve mucho más cálida así?
—Cariño, hace tanto que no comemos juntos. Siempre estás trabajando, siento que hace una eternidad que no te veo. Te extraño mucho.
—Esta es una pequeña sorpresa que preparé para ti. Ábrela.
—¡Estoy embarazada! ¡Mi amor, vas a ser papá!
—A partir de ahora, tú duermes a la izquierda, yo a la derecha, y el bebé en el medio.
Innumerables recuerdos pasaron por su mente como en una película, cada frase era una prueba irrefutable de lo mucho que ella lo amaba.
¿Por qué de repente decía que deseaba que se muriera? ¿Que no lo amaba, sino que lo odiaba?
El pecho de Luciano se oprimió sin razón aparente. Nunca antes había sentido rechazo por parte de Hanna.
Mucho menos había escuchado palabras tan duras salir de su boca.
Hanna nunca lo contradecía, siempre cuidaba sus sentimientos al hablar.
Pero esta vez, todo parecía distinto.
La actitud de Hanna era gélida.
Y no solo no se retractó, sino que continuó implacable.
—¿De verdad te crees que dos mujeres te aman con locura? Eres un completo idiota. Nadie te ama.
—Ni lo sueñes. No voy a darte el divorcio —Luciano también se enfureció. Hasta ese momento, tragándose la humillación, había tolerado las burlas de Hanna, pero ya no estaba dispuesto a aguantar más.
—No me voy a divorciar de ti. Y tú, sola, no tienes con qué negociar.
—Soy el principal inversor de tu empresa —añadió—. Sin mí, olvídate de salir a la bolsa sin diluir tus acciones. Además, como tu esposo, no he llegado al punto de repudiarte por completo. Nuestra relación no se ha roto irremediablemente; no importa el escándalo que armes, no conseguirás el divorcio.
Hanna sacó su teléfono y reprodujo la grabación de una llamada.
Aunque el audio duraba poco más de treinta segundos, Luciano palideció al escucharlo.
Era la llamada que Rocío le había hecho a Hanna la noche anterior desde su celular, y que ella había grabado. En el audio, se escuchaba a Rocío desatada, diciendo obscenidades, presumiendo lo fuerte y grande que era Luciano. Era asqueroso.
—Si mañana no vas conmigo al registro civil a firmar el divorcio, publicaré este audio en todo internet usando mi nombre de Señora Larios, para que todo el mundo se entere de lo increíbles que son en la cama.

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