Bianca no pegó el ojo en toda la noche. Se levantó muy temprano al día siguiente, antes del amanecer, y nada más bajar las escaleras vio a Damián vestido con ropa deportiva, a punto de salir.
No lo miró; en su lugar, se dirigió hacia la cocina.
Él observó la espalda de Bianca y le indicó al mayordomo con un movimiento de cabeza:
—Búsquele ropa deportiva.
Luego, miró la hora y le dijo a Bianca:
—Tienes diez minutos. Cámbiate y baja, te espero aquí.
El mayordomo trajo la ropa y se paró frente a Bianca, sosteniéndola con ambas manos.
Bianca reaccionó y finalmente entendió que Damián pretendía llevarla a correr.
—No es necesario —rechazó de plano.
Damián la miró con calma:
—Nueve minutos.
Bianca frunció el ceño con fuerza, mirándolo sin decir palabra.
El enfrentamiento duró apenas unos segundos antes de que Damián hablara de nuevo:
—Tengo el poder de revocar la gestión de la escuela y frenar el acuerdo de divorcio en cualquier momento. Ocho minutos. Tú decides si quieres ir o no.
Una oleada de rabia la invadió y el rostro de Bianca se enrojeció de golpe.
Fue en ese momento que se dio cuenta.
Damián parecía querer salir a correr, pero en realidad era por lo ocurrido la noche anterior.
En la casona había demasiados ojos y oídos, no era conveniente negociar y amenazarla en público, así que usaba esa excusa para salir.
—Espera. —Lo que tenía que pasar no se podía evitar, y Bianca solo quería resolverlo rápido.
Bajó cambiada y Damián echó un vistazo a la hora.
Apenas clareaba el cielo. Normalmente, a esa hora, Bianca todavía estaba profundamente dormida.
Ella pensó que él le diría algo al salir, pero él simplemente empezó a trotar adelante.

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