Doña Estela Figueroa siempre había sido una mujer firme y decidida, famosa por su inteligencia impecable.
Perla Figueroa había mantenido su compostura y dignidad durante toda su vida, observando a los demás desde la cima de la riqueza acumulada por la familia Figueroa.
Y Don Severiano era quien más valoraba el prestigio y la reputación de la familia.
Desde sus inicios, la familia Figueroa jamás había permitido que nadie se burlara de ellos. Ni siquiera cuando falleció el padre de Damián Figueroa y todo se volvió un caos, dejaron que alguien de afuera viera sus debilidades.
Pero ahora, todo se había hecho añicos. Ya no quedaba nada.
Doña Estela se había desmayado de la rabia. Y para colmo, en plenas festividades, tuvieron que llamar a un médico de urgencia a la Casona.
Don Severiano también estaba furioso, conectado a un tanque de oxígeno en la misma casa.
Él había intentado mantener todo en secreto. Incluso había ordenado a sus subordinados que, en nombre de Bianca, le enviaran regalos a Melisa y a la familia Serrano ese mismo día para calmar las tensiones del banquete de compromiso. Y justo ahora, Melisa salía con esa asquerosidad...
Cuando Perla Figueroa vio llegar a Bianca, sintió que por fin había alguien que pudiera tomar las riendas de la situación.
—No logramos comunicarnos con Damián, ni tampoco con Esteban. Entra rápido a ver a tu abuela, tiene algo que decirte.
Bianca asintió. Al entrar a la habitación y ver a Doña Estela postrada en la cama, los ojos de Bianca se llenaron de lágrimas al instante.
Al ver la emoción en el rostro de Bianca, Doña Estela agitó la mano débilmente, con el rostro frío, y dijo con voz temblorosa pero furiosa:
—No dejes que tus emociones se reflejen en tu rostro. Que nadie sepa lo que piensas. Incluso si me muero hoy frente a ti, no debes mostrar ni una gota de tristeza. ¡De lo contrario, no te lo perdonaré!
Bianca no pudo contenerse y se acercó a tomarle la mano. De pronto, escuchó que Doña Estela murmuraba como si hablara sola:
—Damián... Damián, mi buen niño. Sé que aún eres pequeño, pero debes grabar mis palabras en tu mente. Si no lo haces, olvídate de los lobos y chacales de afuera; aquí mismo, en la gran familia Figueroa, tus tíos y primos leerán todo en tu rostro y te devorarán vivo. ¿Crees que podrás cargar con la familia así? Es culpa de tu abuela que te hayas quedado sin padre tan joven y tengas que pasar por todo esto...
Bianca se quedó petrificada.
No le estaba dando un consejo a ella; la había confundido con Damián Figueroa.
Doña Estela ya estaba perdiendo el conocimiento...
Perla Figueroa habló con la voz entrecortada.
—Mamá, no logramos contactar a Damián. Es Bianca. Bianca está aquí.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa