Bianca sabía que no tenía forma de defenderse. Había mencionado la escuela impulsivamente en medio de la discusión, sin haber planeado una estrategia sólida.
Su conocimiento sobre la Academia Internacional de la Élite era casi nulo. Apenas conocía la fachada prestigiosa y había escuchado un par de comentarios al azar de Xavier Soler, nada más...
Damián notó que los ojos de ella parecían enrojecerse ligeramente. Frunció el ceño con disgusto:
—Has perdido hasta la más básica noción de profesionalismo y la astucia necesaria para sobrevivir como adulta en este mundo. ¿Y ahora pretendes hacerte la víctima frente a mí?
—No. No me estoy haciendo la víctima —respondió Bianca, controlando sus emociones y usando un tono estrictamente profesional—. Tienes toda la razón. Fui demasiado ingenua y me dejé llevar. Me retiraré a analizar si realmente tengo las credenciales y las fichas necesarias para sentarme a negociar en esta mesa. ¡Le agradezco la lección, señor Figueroa!
Damián ni siquiera se molestó en responderle ni volvió a mirarla; simplemente se dirigió hacia la puerta del consultorio.
Quedaba claro que no pensaba darle una segunda oportunidad de presentar su oferta.
Pero Bianca no iba a permitir que esa humillante reprimenda fuera en vano. En el mundo de los negocios, mientras la puerta no estuviera cerrada con llave, siempre existía una segunda oportunidad.
E incluso si él daba un no rotundo, si lograba reunir las fichas suficientes, siempre podría forzar una tercera ronda.
Esa era la regla de oro que había aprendido en el despiadado campo de batalla corporativo, lejos de su antiguo laboratorio.
Sin embargo, justo cuando Damián estaba a punto de cruzar la puerta, se detuvo en seco. La miró por encima del hombro y preguntó:
—¿Quién te filtró la información sobre las acciones de la junta?
Por supuesto, Bianca no iba a traicionar a Xavier Soler. Mantuvo la calma y mintió:
—Lo investigué por mi cuenta.
Damián giró sobre sus talones, encarando a Bianca. Soltó una risa desdeñosa:


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