Eran tal para cual.
—¿Qué pasa? —preguntó la voz masculina desde el asiento trasero.
Melisa miró por el espejo retrovisor.
La luz de la calle entraba al vehículo, dividiendo el rostro del hombre en sombras y luces. Tenía los ojos cerrados, y sus facciones perfectas irradiaban una frialdad intocable.
A Melisa le daba demasiada pereza hablarle de Bianca, así que restó importancia al asunto.
—Solo es un pequeño contratiempo. Puedo manejarlo.
El auto se detuvo poco después.
Habían llegado a la Torre Mirador. Esteban bajó primero y le abrió la puerta a Melisa.
Ella no se bajó de inmediato. Mirando por el retrovisor, le dijo con voz dulce:
—Damián, yo misma iré a hablar con Bianca más tarde. Estás muy agotado y todavía tienes que lidiar con esta reunión de negocios. Deberías descansar. Y sobre lo que pasó hoy... Damián, de verdad, muchísimas gracias.
La reunión era crucial y estaba llena de titanes del mundo tecnológico. Que Damián le permitiera asistir como oyente era la prueba definitiva de que su lugar en el corazón de él seguía intacto.
Sin embargo, justo cuando entró a la Torre Mirador y se acercó a los ascensores, vio a Bianca esperando.
La mirada de Melisa se volvió gélida, observándola con evidente fastidio.
Al mismo tiempo, advertida por Clara, Bianca giró la cabeza y se encontró de frente con Melisa y Damián a su lado.
—¿Crees que el señor Figueroa nos invitará a subir en el mismo ascensor? —susurró Clara.
Apenas pronunció las palabras, Damián le lanzó una mirada indiferente a Bianca y caminó directamente hacia el ascensor exclusivo.
Melisa la fulminó con la mirada y lo siguió sin decir una palabra.
Bianca ni se inmutó. Como su ascensor aún no llegaba, prefirió fingir que no existían.
Clara, en cambio, estaba a punto de estallar de rabia.
—¿Cómo es posible que el señor Figueroa te trate como si fueras invisible? ¡Ni siquiera te saludó! ¡Simplemente se fue con esa mujer! ¡Es un descarado!

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