Al escuchar que Tiago había investigado a Bianca, Melisa no pudo evitar fruncir el ceño.
—No te desgastes con ese tipo de mujer. Si se te pega, va a ser un dolor de cabeza. Luego, por más que intentes quitártela de encima, no vas a poder.
—He visto a cientos de mujeres mediocres y trepadoras —respondió Tiago con desdén—. Solo hay que arrojarles dinero y lujos para distraerlas. Además, no tiene ningún talento real. Si insiste tanto en competir contigo, es simplemente porque tú eres demasiado brillante y ella jamás podrá alcanzar tu nivel. Te tiene envidia, le aterra que sigas creciendo, y por eso te sabotea, buscando una ridícula competencia entre mujeres. Le voy a dar un proyecto para levantarle el ego. Cuando se sienta en la cima y cometa un error catastrófico, terminará en la cárcel. Con eso tendrá suficiente para no volver a levantar cabeza. Tú relájate. Cuando todo esté hecho, me conformo con que me invites a cenar.
—No es necesario que llegues a tanto... —dijo Melisa, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa? ¿Tienes miedo de que Damián se ponga celoso si descubre que te estoy ayudando?
Melisa soltó una pequeña risa.
—No digas tonterías. Damián no es ese tipo de hombre.
—Tu madre me comentó que Aro habló maravillas de ti, que cree que tienes mucho potencial. ¿Es cierto? —preguntó Tiago.
Melisa no lo negó:
—Así es. La primera vez que vi al profesor Salazar, le pidió al señor Aro que me entrevistara, y él consideró que tengo bases muy sólidas. ¿Por qué lo preguntas?
—Con mayor razón debo ayudarte —se escuchó una risa del otro lado de la línea—. Bueno, descansa, futura gran científica de la nación. Cuando regreses, me debes esa cena.
Al colgar, Melisa soltó un suspiro de resignación.
No esperaba que Tiago hiciera tanto por ella y que su única petición a cambio fuera una simple cena.
En fin... Melisa sonrió con impotencia. Que hiciera lo que quisiera.

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