Al ver que Bianca no respondía, Damián la llamó directamente.
Era una videollamada.
Bianca contestó con total naturalidad, pero Damián se quedó en silencio del otro lado.
La observó durante unos segundos y, de repente, preguntó:
—¿Estás mejor? ¿Cómo te sientes hoy?
A Bianca le pareció el colmo de la ironía.
Hace apenas una hora, él estaba paseando con Melisa por el extranjero, relajándose y visitando tiendas para adultos.
Y ahora, de repente, le importaba la salud de la esposa de la que estaba a punto de divorciarse.
—Gracias, pero no necesitas preocuparte por eso —respondió ella con frialdad.
Damián levantó una ceja, dejó el teléfono a un lado y salió un momento de la cámara para tomar algo. Su voz se escuchó como al descuido:
—¿Aprendiste del buen Vicente a usar a la gente y luego desecharla?
La expresión de Bianca se endureció.
Fuera de cuadro, Damián soltó una risa cargada de sarcasmo.
—De acuerdo, hablemos de negocios. Enviaré a mi equipo médico para que atienda a tu padre y al profesor Salazar. Si tienes alguna otra exigencia, puedes decírmela. Mientras esté dentro de mis posibilidades, trataré de cumplirla.
Bianca pensó que Damián era un hombre de demasiadas caras. En el bautismo, no le importó humillar a su abuela con tal de proteger la imagen de Melisa y su familia.
Y ahora, actuaba como si estuviera dispuesto a sacrificarlo todo por darle paz a la anciana en sus últimos días.
Pero, en el fondo, doña Estela estaba comprando la paz con dinero, algo que a él le sobraba. Sin embargo, para él, Melisa siempre sería su prioridad indiscutible.
Así que Bianca decidió no tener contemplaciones y lanzó su exigencia.
—Quiero los derechos de control absoluto y vitalicio sobre el Centro Médico Figueroa. Nadie podrá arrebatármelos, ni siquiera tu princesita mimada.
Al escucharla, Damián regresó frente a la cámara. Sus ojos oscuros y profundos se clavaron en ella sin parpadear.

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