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Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa romance Capítulo 410

—Señora Figueroa, ¿usted también va a amenazarme? —preguntó Bianca, alzando la vista hacia ella.

El rostro de Bianca estaba empapado; era imposible saber si era la lluvia, las lágrimas o ambas. Esa imagen destrozó el corazón de Perla.

—No, mi niña, no te estoy amenazando, no es lo que quise decir. Solo temo que te enfermes bajo esta lluvia. Podemos hablar las cosas con calma adentro. Y... ¿por qué vuelves a llamarme señora Figueroa? Sé que te rompimos el corazón, y... te pido perdón. Tal vez sea algo en la sangre de los Figueroa, tal vez sea la naturaleza egoísta de los hombres. Su padre nos abandonó a mí y a él, y él resultó ser exactamente igual... lo llevan en la sangre, no van a cambiar nunca —dijo Perla. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, olvidando por completo sus modales y su habitual elegancia, como si el peso de sus propios recuerdos la hubiera alcanzado.

Finalmente, se dejó caer de rodillas junto a Bianca, sobre el suelo empapado.

Bianca la miró, impactada.

Perla apartó el paraguas que sostenía el sirviente, suspiró y esbozó una sonrisa desolada:

—No importa. Me quedaré arrodillada contigo. Hasta que doña Estela no acceda, yo tampoco me pondré de pie.

Bianca creía que su corazón ya estaba completamente muerto y que, a excepción de su difunto bebé, su padre y su hermano, ya nada podría hacerla llorar.

Pero escuchar a Perla hablarle con ese nivel de entrega maternal hizo que sus lágrimas, contenidas hasta entonces, se desbordaran sin control.

Si su propia madre estuviera viva, seguramente habría hecho exactamente lo mismo...

Mientras Bianca lloraba desconsolada, Perla pareció recuperar su fuerza. Se enderezó y fijó la mirada en la imponente mansión que se erguía ante ellas.

El mayordomo intentó persuadirlas inútilmente y, desesperado, corrió a buscar a doña Estela.

Doña Estela seguía con los ojos hinchados por el llanto.

El anciano no dejaba de despotricar:

—¡Se han vuelto todos locos en esta familia! ¡Y todo por culpa de esa mujer! ¡Dile que sí al divorcio y vamos a ver si tiene el coraje de firmarlo! ¡Te apuesto lo que quieras a que solo está haciendo todo este drama para obligarnos a reconocerla públicamente como la legítima señora Figueroa!

El amanecer estaba a punto de romper. Doña Estela respiró hondo y le preguntó al mayordomo:

—¿Damián ha contestado alguna llamada? ¿Ha respondido los mensajes?

El hombre negó con la cabeza:

—Es imposible comunicarse con él.

Doña Estela bajó la mirada y se sumió en un largo silencio, hasta que una sonrisa amarga y cargada de autodesprecio se dibujó en su rostro.

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