Bianca dio un paso atrás, frunciendo el ceño, claramente confundida por la advertencia.
—¿No habías dicho que esto era solo una junta por el contrato con la empresa alemana?
—¿Acaso BN Innovación no sabe lo que significa una expansión internacional a gran escala? —le soltó Damián, con un tono neutro que rozaba la burla.
Él tomó las carpetas, las organizó con movimientos rápidos y precisos, y las guardó en el portafolio.
Bianca sintió que la estaba subestimando de nuevo, pero la expresión de él era ilegible.
Damián terminó de acomodar los documentos y la escudriñó de pies a cabeza con mirada crítica.
—Arréglate bien la ropa.
Bianca se miró la blusa, sacó su estuche de maquillaje para darse un rápido retoque, y comenzó a caminar detrás de él.
—Señor Figueroa, ¿entonces entraremos solos a la sala?
—Ellos fueron muy específicos. Solo te quieren a ti en la mesa —respondió él, con el rostro tallado en piedra.
Al cruzar las puertas de la inmensa sala de conferencias del hotel, Bianca sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Esto no era una simple negociación entre dos empresas.
Frente a ella, además de los altos ejecutivos de corporaciones multinacionales, había figuras clave de gobiernos extranjeros, hombres de traje que representaban los intereses de ministerios enteros.
Y Hans Ritter, el todopoderoso líder de Génesis Tech, estaba sentado en una esquina de la sala, casi pasando desapercibido.
Cuando los ojos de Hans se encontraron con los de Bianca, el alemán asintió y le regaló una sonrisa respetuosa.
¿Qué estaba pasando? ¿No se suponía que este era un proyecto común de inteligencia artificial médica?
Antes de que pudiera asimilar el golpe, Damián se sentó a su lado y, con un inglés perfecto y cargado de autoridad, rompió el hielo:
—Podemos comenzar.
La presencia de Bianca junto al infame Damián Figueroa fue suficiente para los presentes; no hubo necesidad de presentaciones ni preguntas incómodas. El interrogatorio comenzó al instante.
Pasaron de la teoría médica básica a diseccionar las deficiencias del sistema de salud global, para luego saltar sin previo aviso a los algoritmos predictivos y la viabilidad de costos.
Las preguntas volaban como cuchillos. El idioma cambiaba frenéticamente entre inglés, francés y alemán. Cada cuestionamiento venía de un frente distinto, demostrando que no se enfrentaban a una sola corporación, sino a un conglomerado de intereses.
Bianca estaba en tensión máxima. Mantuvo la espalda recta como una tabla, enfrentándose a un ejército de especialistas, calculando cada sílaba para no caer en las trampas verbales que pudieran dinamitar el proyecto.
Horas después, cuando la ronda de preguntas llegó al punto más crítico —los costos operativos y los márgenes de mano de obra—, Bianca guardó silencio un segundo para organizar sus números.
Antes de que ella pudiera abrir la boca, Damián tomó el control y lanzó las respuestas con frialdad letal.
Mientras él destrozaba los argumentos de la mesa rival, destapó una botella de agua mineral y la deslizó hacia Bianca.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Suplícame perdón: La identidad secreta de mi exesposa