Vicente leyó la cláusula en voz alta:
—'Estar disponible de inmediato, no evitar el contacto de forma intencional, colaborar con Damián Figueroa para mantener la apariencia de estar felizmente casados cuando sea necesario y tener instalado un localizador GPS en el teléfono para que él pueda ubicarla y contactarla en cualquier momento'.
—Lo primero lo entiendo, pero ¿qué estupidez es esa del GPS? —gruñó Vicente, frunciendo el ceño—. Con tu nivel de responsabilidad, muchos de tus movimientos laborales son confidenciales.
El licenciado Solís soltó una risa seca.
—El problema no es la privacidad de su trabajo. Bianca, si tú quisieras, podrías firmar esto ahora mismo, son exigencias simples. El problema está en la penalización que tu esposo agregó más abajo.
El abogado señaló otra línea en el papel.
—Aquí estipula que, de no cumplir, tomará acciones legales en tu contra. Si firmas esto y rompes la regla del GPS, él te demanda por incumplimiento y te aplasta en la corte. Es una trampa perfecta.
Bianca asintió, comprendiendo la gravedad del asunto.
—Licenciado Solís, por favor redacte un nuevo documento. Mantenga todo exactamente igual, pero elimine la última cláusula del localizador. Yo me encargaré de convencerlo de que lo acepte. En cuanto me dé el sí, le enviaré el contrato para que lo firme y usted pueda iniciar el trámite.
El abogado no perdió tiempo. Redactó la nueva versión ahí mismo, la imprimió y Bianca dejó su firma en el papel.
En ese preciso momento, el celular de Bianca comenzó a sonar.
—Es Damián —dijo, mirando a Vicente.
Vicente hizo un ademán indicando que él y el abogado se retirarían para dejarla manejar la situación.
Bianca asintió. Cuando contestó, alcanzó a ver por la ventana que Damián estaba afuera.
Simplemente colgó la llamada y salió a su encuentro.
—Estoy aquí.
Damián volteó a mirarla. Bajo la brillante luz de la mañana, el conjunto negro que él mismo le había elegido contrastaba maravillosamente, resaltando su piel de porcelana.
Él extendió la mano hacia ella.
Bianca dudó un segundo, pero cuando acercó su mano a la de él, un olor intenso la golpeó. Era el perfume de Melisa Serrano.
Para que su ropa estuviera tan impregnada de ese aroma, sabiendo lo poco que Melisa llevaba puesto en las piscinas, debieron haber estado en una posición extremadamente íntima.
Bianca retiró la mano instintivamente. Damián cerró el puño en el aire y clavó sus ojos en ella, evaluando su reacción.

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