Bianca sonrió con gratitud y se levantó.
Se sentía bien. A pesar del exceso de trabajo, se había alimentado con los caldos nutritivos que llegaban a diario desde Villa Serena.
Sabía que Perla Figueroa los preparaba personalmente; podía reconocer su sazón.
Por eso no se sentía débil.
Clara, que también había comido de esas provisiones para aguantar el ritmo, empezó a recoger sus cosas.
Mientras revisaba sus redes sociales, su expresión cambió al ver las publicaciones de Melisa.
El último mensaje era de hace unos días:
—¡No puede ser! —exclamó—. ¡Damián compró la famosa Villa del Idilio por una verdadera fortuna en una subasta y se la regaló a Melisa!
Las palabras "Villa del Idilio" hicieron que la mirada de Bianca se ensombreciera.
En toda la ciudad solo existía una Villa del Idilio. Su padre, Leonardo Núñez, la había diseñado personalmente para su madre, seleccionando cada piedra y cada planta con sus propias manos.
A la entrada había una pequeña losa grabada que decía: *Amor eterno a mi amada esposa*.
Sin embargo, tras la quiebra de la empresa familiar, la propiedad había sido embargada.
Y ahora, Melisa posaba orgullosa junto a esa misma piedra...
Bianca se quedó helada. Tardó un momento en reaccionar y, con el rostro pálido, miró a Vicente.
—Vicente... ¿cuándo salió la villa a subasta pública? No recibí ninguna notificación.
Vicente conocía la historia.
Leonardo Núñez había amado profundamente a su esposa. Tras quedar viudo, crió a sus hijos y levantó su empresa solo. Incluso en la peor crisis, jamás pensó en vender el regalo que le había hecho a su mujer...
El profesor Salazar y los padres de Vicente siempre habían respetado profundamente a Leonardo por ello.

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