Nos arrastraron por el bosque con las manos atadas y la cabeza cubierta.
Las vendas me raspaban los párpados, y la mordaza no me dejaba respirar bien. Jason no decía nada, ni siquiera cuando tropezaba. Yo tampoco podía hacerlo, pero aunque hubiera podido, no tenía idea de qué decir.
Desde que escuché la palabra "esclavista", mi mente solo repetía una frase:
No puede ser.
Caminamos por un buen rato antes de detenerse. Escuché el relincho de caballos. Cinco, quizá seis. Nos subieron a ellos a empujones. Jason fue primero; luego me levantaron y me colocaron sobre la montura como si fuera un saco de harina. Las cuerdas me cortaban la piel, pero el miedo pesaba más.
Durante el trayecto, traté de concentrarme en otra cosa. En cualquier cosa. Pero no podía.
¿Cómo conocía Jason a esa gente?
¿Por qué insistió en ir hacia el líder?
¿Qué pensaba que iba a pasar?
Ya saben, cosas normales cuando uno se encuentra a lomo de un caballo camino a lo desconocido.
El viaje se hizo eterno. El balanceo del animal y la oscuridad detrás de la venda me hicieron perder el sentido del tiempo. Hasta que finalmente alguien gritó una orden, y los caballos se detuvieron.
Nos bajaron a empujones. Pisé tierra, tropecé y me obligaron a caminar. El aire cambió. Se sentía más denso, tibio. Olía... bueno, no a flores precisamente... sino a comida cocinándose, un guiso espeso. El estómago me gruñó sin vergüenza, y los hombres se echaron a reír.
—Parece que la mercancía tiene hambre —dijo uno.
Yo solo bajé la cabeza.
—¿Qué nueva mercancía me traen ustedes, bastardos?
La voz retumbó desde algún punto del lugar. Grave, áspera, con autoridad. El hambre se me fue en un instante.
—Los encontramos vagando por las orillas del río, jefe Xander —respondió uno de los lobos—. Por sus ropas, creemos que son fugitivos del reino de Dromel.
—Ah… —la voz sonó interesada—. Entonces tendremos que revisar los carteles de "Se busca" antes de decidir si valen más como esclavos o como cabezas reclamadas.
Un coro de acuerdos, y luego:
—Bien. Déjenme ver sus rostros.
Las vendas desaparecieron con un tirón brusco. Parpadeé varias veces. La luz del fuego me cegó al principio, pero poco a poco mis ojos se acostumbraron.
Frente a mí había un hombre enorme. Una cicatriz le cruzaba el rostro desde la ceja hasta la mejilla, partiéndole la nariz de un tajo. Me miró y luego miró a Jason con un destello de reconocimiento que se extinguió de inmediato.
Quizá lo imaginé.
—Joder —masculló con desdén—. ¿Es que ya no pueden traerme mercancía de calidad? La mujer es tan fea que dudo que la compren por dos monedas de cobre.
Apreté los labios.
Idiota.
—Uh… bueno, jefe Xander, estaba oscuro —balbuceó uno de los lobos.
—Creímos que era un hombre feo…
Lo fulminé con la mirada.
—¡Silencio! —rugió Xander después de examinarme—. Su incompetencia me hace sangrar los ojos. ¿No pudieron traer algo mejor?
¿Perdón? Yo era un excelente material para secuestrar, muchas gracias.
Jason se acercó y me tomó de la ropa. Me conocía lo suficiente cimo para saber que estaba a punto de ir por los ojos del lobo grosero.
Y, bueno, tenía razón. No era momento para un arrebato... aunque me reservaba el derecho de ignorarlo ya que fue gracias a él que estábamos aquí.



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