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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4564

—No lo sé con certeza, pero le aseguro que hará todo lo humanamente posible. Mi madre es una doctora extraordinaria. Por ahora, no se angustien imaginando el peor escenario. Hay que esperar.

Apenas Laín terminó de hablar, el Decano Salgado salió de la sala de emergencias.

Al verlo, el señor y la señora Salgado corrieron hacia él.

—Papá, ¿cómo está Sonia?

El rostro del Decano Salgado estaba pálido y consumido por el dolor. Sus manos aún temblaban incontrolablemente.

Una joven enfermera, temiendo que el hombre se desmayara al verlo en tan mal estado, se acercó a asistirlo:

—Señor, por favor, siéntese un momento para calmarse.

El Decano se quedó paralizado por un instante. Luego asintió y se dejó caer en un asiento.

La enfermera le tendió un vaso con agua fresca.

—Tome un poco de agua, trate de tranquilizarse.

Él lo recibió.

—Gracias.

Se llevó el vaso a los labios, con las manos temblorosas.

El señor y la señora Salgado se quedaron a su lado, perdiendo la paciencia por la ansiedad, y repitieron:

—¡Papá! ¿Qué pasó con Sonia?

En ese momento, el Decano parecía un cascarón vacío, un muñeco sin alma.

Ignoró por completo las preguntas de su hijo y su nuera.

Mantuvo la mirada perdida en el suelo, con el ceño fruncido y una expresión casi aterradora.

Cuando la señora Salgado estuvo a punto de insistir, su esposo la detuvo por el brazo.

—Deja que mi padre se recupere un poco.

La mujer escondió el rostro en el pecho de su marido y rompió a llorar nuevamente.

Después de un largo rato, el Decano Salgado volvió en sí. Levantó la vista hacia la pareja y murmuró:

—Sonia no ha despertado. El doctor Nathan mandó traer a la mejor ayuda posible y nos pidió que esperáramos afuera. Dicen que el refuerzo que trajo es una doctora excepcional. Estoy seguro de que logrará estabilizarla.

La madre, aferrándose a esa chispa, preguntó de inmediato:

—¿Hay seguridad de eso?

El Decano respondió:

—Hay esperanza.

Nadie, ni siquiera el médico más optimista, se atrevería a prometer un éxito del cien por ciento ante heridas tan devastadoras como las de Sonia. A decir verdad, los doctores rara vez garantizaban algo ni con los casos más leves.

Decir "hay esperanza" era, dadas las circunstancias, la mejor respuesta posible.

La esperanza era mil veces mejor que el desahucio.

El señor Salgado acarició la espalda de su esposa para consolarla.

—Mientras haya esperanza, está bien. Escuché al doctor Nathan decir que la señora Bello es la médica más impresionante del mundo. Menos mal que el accidente ocurrió en Puerto Rafe; así la señora Bello pudo llegar con Sonia lo más rápido posible.

—Eso demuestra que nuestra pequeña tiene suerte. Si tiene suerte, significa que Dios nos está cuidando. Él no va a permitir que nos la quiten tan pronto. No nos la va a arrebatar.

La mujer sollozó incontrolablemente y asintió entre lágrimas.

El Decano Salgado permaneció sentado en silencio. Mantenía el ceño fruncido y el rostro pálido como el papel.

Pasó otro largo rato hasta que de repente notó la presencia de Laín y lo recorrió con la mirada de arriba a abajo.

Su hijo se apresuró a presentarlo:

—Papá, él es el hijo del señor y la señora Bello, Laín Bello.

El Decano se quedó congelado por un momento. Luego frunció el ceño. La mirada con la que observaba a Laín era peculiar. No era la gratitud que uno le profesaría al hijo de su salvadora, sino una fría y latente cautela.

Laín entrecerró los ojos. Le pareció sumamente extraño. En una situación normal, si su madre estaba en la sala de emergencias tratando de salvarle la vida a la nieta de este hombre, ella era, básicamente, su heroína. Y, al conocer al hijo de esa heroína, lo natural sería recibirlo con infinita calidez y aprecio. Pero el Decano no le mostró ni una pizca de amabilidad. Todo en sus ojos destilaba desconfianza.

¿Qué le generaba tanta desconfianza? Él no tenía ninguna intención de hacerles daño.

Antes de que Laín pudiera descifrarlo, la expresión del Decano Salgado volvió a la normalidad. Lo miró con falso entusiasmo y exclamó:

—¡No se podía esperar menos del hijo del señor Bello! ¡Qué joven tan sobresaliente!

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