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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 4438

Cano sacó la lengua, siseando. «¿A quién buscamos? ¿A Mono Rojo?»

—No necesariamente a Mono Rojo. A saber en qué agujero está metido ahora mismo con todo este caos. Tenemos que encontrar a alguien que esté cerca —le susurró Ledo.

Cano se quedó quieto por unos segundos y luego asintió lentamente. «No hay rastros de gente cerca.»

Ledo frunció los labios, soltó un largo suspiro y continuó internándose en la selva.

Caminaron otro largo tramo hasta que, de repente, Cano sacó la lengua repetidas veces, agitado. «Hay humanos cerca.»

Ledo se detuvo, sorprendido. Pero antes de que pudiera preguntar, el estruendo de varias armas automáticas desgarró el silencio.

Cano volvió a sisear. «Son bastantes. Están en pleno tiroteo.»

—¡Vamos a ver! —dijo Ledo de inmediato.

Si quería respuestas, primero necesitaba entender qué diablos estaba ocurriendo en la zona.

Muchacho y serpiente avanzaron como sombras entre los árboles durante unos diez minutos, hasta que lograron vislumbrar siluetas moviéndose.

Eran dos facciones enfrascadas en un violento tiroteo. Entre ellos, sirviendo de trinchera y botín, había un camión de carga detenido a la mitad de un camino de tierra.

—¿Qué pasa aquí? ¿Se están robando entre ellos? —susurró Ledo.

Él conocía bien las dinámicas del bajo mundo de El Triángulo de la Frontera. Era muy común que los envíos de un cártel fueran emboscados por otro grupo para robarles el cargamento.

Cano sacó la lengua. «¿Qué hacemos? ¿Son demasiados, los liquidamos a todos?»

Ledo sacudió la cabeza y murmuró:

—No vamos a matarlos a todos. Lo que queremos es ese camión.

Cano lo miró fijamente, con los ojos llenos de confusión, y siseó. «¿Para qué quieres el camión? Si ni siquiera sabes manejar.»

—Ya verás —respondió Ledo con una sonrisa ladeada.

Sacó dos granadas de humo tácticas en miniatura de su mochila. Lanzó una al flanco izquierdo del camión y la otra al flanco derecho.

En un parpadeo, una densa y asfixiante nube gris cubrió la zona. Los disparos cesaron por la confusión absoluta.

Aprovechando la cobertura, Ledo corrió como un felino hacia el camión, saltó hacia la cabina y abrió de golpe la puerta del copiloto, metiéndose de un salto.

El conductor, que estaba agazapado aterrorizado debajo del volante, lo vio aparecer y se quedó helado de terror. Usando el dialecto local, soltó un insulto:

—¡Hijo de tu maldita...!

Ledo no dudó ni un microsegundo. Tomó una de las pistolas cargadas que estaban sobre el panel y se la clavó directo en la sien al conductor.

—¡Arranca!

El conductor pegó un salto de puro pánico. Ledo, chapurreando las palabras locales que recordaba, lo amenazó con frialdad letal:

—Enciende esta porquería y acelera ya mismo. ¡Si no lo haces, te vuelo los sesos!

El mensaje fue comprendido a la perfección. El conductor, temblando, giró la llave y el pesado motor rugió antes de avanzar de golpe.

En cuanto la nube de humo empezó a disiparse, las dos facciones salieron a la carretera, corriendo detrás del camión mientras disparaban y gritaban maldiciones.

—¡Pisa el acelerador a fondo! —ordenó Ledo sin inmutarse.

Ante el poderoso argumento de una pistola en la sien, el chofer no se atrevió a desobedecer. Hundió el pie en el acelerador.

Pronto, el camión devoró el camino, dejando a todos los atacantes convertidos en simples manchas borrosas en el espejo retrovisor.

Cuando Ledo se aseguró de que los habían perdido por completo, no dejó que el conductor redujera la velocidad de inmediato. Lo hizo conducir un poco más hacia la espesura hasta que estuvo convencido de que estaban fuera de peligro.

—Baja la velocidad. Te haré un par de preguntas —sentenció Ledo.

El conductor obedeció dócilmente, mirándolo con terror por el rabillo del ojo.

—S-solo soy un humilde chofer... No sé nada de nada.

Ledo sonrió con crueldad.

—Si de verdad no sabes nada de nada, entonces eres un inútil para mí. Y si no me sirves, ¡te disparo ahora mismo y tiro tu cuerpo por la ventana!

El hombre palideció.

—¡E-espere! ¿Qué es lo que quiere saber?

—He escuchado rumores de que alguien hizo una carnicería enorme en El Triángulo de la Frontera últimamente. También escuché que el Señor Bello de Puerto Rafe ha venido. Cuéntame todo lo que sepas, y no omitas detalles.

El conductor tragó saliva y comenzó a escupir información atropelladamente:

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