Momentos después, Tesoro frunció el ceño con severidad:
—Tienes que descansar ahora mismo.
Nilo asintió débilmente:
—Lo sé. Sigan practicando, yo tomaré un respiro.
Tesoro sacó una pequeña píldora medicinal de su bolsillo y se la tendió:
—Tómate esto antes de recostarte.
El joven no dudó ni un segundo; tomó la píldora, se la metió a la boca y luego miró a Braulio:
—Estaré afuera.
Braulio asintió, pero no pudo evitar mirar la frágil espalda de su nieto alejarse, con una expresión cargada de profunda angustia.
Tesoro, intrigada, preguntó:
—¿Acaso padece de claustrofobia?
Braulio la miró con asombro:
—¿Te diste cuenta?
Tesoro asintió:
—Sí.
El anciano suspiró pesadamente:
—Su condición es grave. Apenas puede tolerar espacios cerrados. La mayor parte de su vida la pasa al aire libre, y esta cueva le resulta asfixiante.
—Pero para enseñarte, debíamos ocultarnos en un lugar así; estar a cielo abierto nos exponía a miradas indiscretas.
—Si no soporta los espacios cerrados, ¿cómo hace para dormir en una habitación? —inquirió la chica.
—Deja las ventanas abiertas de par en par y duerme justo al lado de la cornisa —explicó Braulio.
—¿Y si no hay ventanas?
El rostro del anciano se ensombreció:
—Simplemente no puede respirar. Si es forzado, entra en shock.
Tesoro frunció aún más el ceño, mientras Braulio lanzaba otro largo suspiro:
—Un adivino le leyó la suerte y dijo que no pasaría de los dieciocho años... y este año cumple doce.
Tesoro entrecerró los ojos, determinada:
—¡Yo encontraré la forma de curarlo!
Los ojos de Braulio se iluminaron con un brillo de esperanza:
—¿De verdad cree que puede curarse? ¡Hemos visto a decenas de médicos, y todos concluyen que no es una enfermedad per se, sino que su esencia está rota, que no hay remedio!
Tesoro razonó:
—Su extrema debilidad ya ha evolucionado a una condición patológica. Va a necesitar un tratamiento intensivo con medicinas prolongadas para restaurar su vitalidad.
—¿Y cree que logre recuperarse? —preguntó Braulio, con el corazón en un puño.
—No puedo prometer resultados, pero le aseguro que daré todo de mí para salvarlo —declaró Tesoro.
Braulio, embargado por la emoción, se inclinó en una profunda reverencia:
—¡Le ruego que lo salve, señorita! ¡La vida de Nilo ha sido un calvario miserable!
Tesoro se apresuró a enderezarlo:
—Le he dicho que no tiene que ser tan formal conmigo. Ustedes me han brindado su conocimiento; ayudarlos es lo menos que puedo hacer.
Braulio, con el rostro arrugado por el dolor y los recuerdos, murmuró:
—Quedó huérfano el día que nació, y desde entonces lo he criado yo... ¡un viejo mendigo! No pude ofrecerle un hogar decente, ni comida caliente todos los días. En toda su corta vida, no ha conocido lo que es tener un buen día.
—Me duele el alma verlo así... me rompe el corazón. Un muchacho con un corazón tan noble y con un talento sin igual merece vivir una vida larga y brillante. No es justo que su llama se apague a los dieciocho años.
Tesoro fijó su mirada hacia la salida por donde Nilo había desaparecido y tomó una decisión:
—Deje que se quede a mi lado. Yo me encargaré de su recuperación médica.
Braulio asintió enérgicamente y, limpiándose una lágrima furtiva, añadió:
—A simple vista parece un debilucho a punto de colapsar, pero créame, es increíblemente poderoso. De lo contrario, Anselmo jamás lo habría asignado como su protector personal.
—Me queda clarísimo —sonrió Tesoro.
Braulio recuperó su postura de maestro y continuó:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...