Cristina, con el ceño fruncido y voz cargada de fingida preocupación, continuó:
—Pero ¿no le parece que hay cosas muy extrañas sobre ella? Míreme a mí, por ejemplo; en solo un par de días ya puedo caminar. Y luego está Marcelo del Pozo, a quien los médicos ya habían dado por muerto, ¡y ella logró salvarlo!
—Y fíjese en los combates de hoy. Anoche nuestra gente lograba dejar medio muertos a los de la familia del Pozo, pero hoy, después de tantas rondas, ninguno de ellos ha sufrido heridas mortales.
—Don Dante, creo que todas estas anomalías son obra suya. Definitivamente, esconde secretos que desconocemos.
—Además, considere esto: si ella fuera una completa ignorante en la materia y, sabiendo que yo soy la mejor de mi generación, lo lógico sería que estuviera aterrorizada. Todos dan por hecho que perderá, y que su derrota será humillante. Siendo así, ¿por qué parece no importarle? Obviamente, no es estúpida.
El Patriarca Dorado se quedó mudo, frunciendo profundamente el ceño:
—...
Tras un largo silencio, el Patriarca finalmente habló:
—El problema es que no sabemos nada concreto sobre ella. Al igual que tú, solo podemos especular y basarnos en conjeturas.
Cristina soltó el anzuelo con astucia:
—Cuando me enfrente a ella en la arena, todas estas incógnitas se resolverán... pero para eso, es crucial que yo gane.
El Patriarca arqueó una ceja, intrigado:
—¿Qué quieres decir? ¿Si ganas, ella responderá todas tus dudas?
—En el cuadrilátero tendré la oportunidad perfecta para someterla. Si quiere conservar la vida, tendrá que contestar mis preguntas con total sinceridad.
El Patriarca Dorado guardó silencio, sopesando las palabras:
—...
Cristina presionó con delicadeza:
—Esta victoria es vital. Si pierdo, nuestra familia y la suya serán el hazmerreír de La Selva y perderemos a muchos aliados.
—En cambio, si gano, la familia Palma asegurará su posición, los Dorado inspirarán un terror aún mayor y, lo más importante, tendremos a Simone bajo nuestro control, lista para revelar todo lo que sabe.
El Patriarca Dorado asintió lentamente:
—¿Y cómo piensas someterla exactamente?
—Tengo un método. Siempre y cuando asegure mi victoria en el combate, le garantizo que la tendré comiendo de la palma de mi mano.
El anciano entrecerró los ojos, intentando descifrar las verdaderas intenciones de la joven:
—Viniste hasta aquí, insistiéndome todo el día... ¿cuál es tu verdadero propósito?
Cristina dudó un segundo y luego soltó la bomba:
—... Quería preguntarle si hay algún método, alguna forma... de aumentar mi poder rápidamente.
El Patriarca no disimuló su confusión:
—¿A qué te refieres?
Cristina lo miró fijamente:
—Quiero saber si la familia Dorado posee algún secreto para que alguien multiplique su fuerza de la noche a la mañana.
El anciano la escudriñó con frialdad; un denso silencio inundó la habitación. Cristina sintió que la mirada del hombre la perforaba y hasta llegó a percibir un ligero destello asesino en sus pupilas.
Obligándose a mantener la compostura, tragó saliva disimuladamente y se apresuró a suavizar su exigencia:
—Claro, si no existe tal cosa, no hay problema. Regresaré e intentaré buscar otra solución. Lo que importa es que no puedo permitirme perder.
El Patriarca no le respondió de inmediato. Bajó la vista, tomó su vaso de agua y bebió un par de sorbos con parsimonia antes de mirarla nuevamente:
—¿Alguien te insinuó algo?
Cristina abrió mucho sus brillantes ojos, componiendo la expresión más inocente del mundo:

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Cómo se llama la segunda parte de la novela?...