Ledo apretó los labios con sarcasmo. —¿Y por qué tendrían que salir desesperados a mendigar un antídoto?
Horacio Dorado estalló: —¡Nuestra gente ha sido envenenada! ¡Por supuesto que tenemos que venir a buscar la cura!
Ledo soltó una carcajada llena de desdén. —Pero si los de la Familia Dorado son tan poderosos, ¿por qué no lo curan ustedes mismos?
Horacio se quedó mudo. —...
Ledo prosiguió con su lluvia de burlas: —Es solo un poco de picazón en la piel. ¿Me están diciendo que son incapaces de curar algo tan trivial? ¿Acaso en la Familia Dorado son todos unos inútiles buenos para nada?
Horacio apretó los dientes con furia. —¡Tú qué vas a saber! ¡Eso no es un simple veneno!
Ledo le dedicó una sonrisa cargada de arrogancia.
—Al ver a su gente pavonearse por todos lados, llegué a pensar que eran invencibles o dioses intocables. ¡Qué gran decepción! Solo son una pandilla de fanfarrones patéticos. ¡Pura basura!
Horacio sentía que la cabeza le iba a estallar de la rabia, pero estaba totalmente atrapado.
Cuando lo habían derribado, su primer instinto fue usar el Arte del Vínculo para herir de gravedad a Ledo. Sin embargo, en el instante en que lo intentó, su propia criatura enloqueció, temblando de terror en su interior, como un ratón atrapado frente a un león sediento de sangre.
Por eso, no se atrevía a mover ni un solo dedo, aterrorizado por la posibilidad de que su propio Vínculo Maestro se rebelara en su contra.
Horacio apretó los dientes, escupiendo sus palabras.
—¡Esa toxina, olvídate de nosotros, ni siquiera todos los maestros de La Selva juntos podrían neutralizarla!
Ledo entrecerró los ojos, divertido.
—O sea que no es que la Familia Dorado sea un fraude, ¡sino que el veneno es una maravilla letal!
Horacio afirmó a regañadientes: —¡Así es!
Ledo continuó su interrogatorio: —¿Y por eso ahora sospechas que mi hermana es la mente maestra detrás del envenenamiento?
Horacio respondió: —¡Estoy casi seguro de ello! ¡Me niego a creer que los del Pozo sean capaces de crear algo tan retorcido!
Ledo soltó un suspiro de falsa confusión.
—Si estás tan seguro de que mi hermana es la culpable, ¿cómo se te ocurre venir hasta aquí a buscarle problemas con esa actitud de superioridad?
Horacio dudó por un momento. —¡Vine a exigir la cura!
Ledo entornó la mirada, oscureciendo su expresión. —¿Y qué pasa si ella decide no dártela?
Horacio bramó: —¡Entonces que se preparen para la furia de la Familia Dorado!
Ledo soltó un resoplido gélido.
—¿Y no te da miedo que, en lugar de darte la cura, decida envenenarte a ti y a todos tus perros rastreros?
Horacio se atragantó con su propia saliva. El silencio sepulcral se apoderó de sus secuaces. —...
Ledo continuó, implacable.
—A mí no me consta si este famoso veneno lo hizo mi hermana o no. Lo único que sé con certeza es que ahora mismo está muy ocupada y no tiene ganas de lidiar con basuras. Piérdanse, váyanse lo más lejos posible. Si vuelvo a ver sus caras por aquí, le pediré a mi hermana que experimente con ustedes otros de sus pequeños inventos.
—Toxinas para que se mueran de picazón, de risa, de llanto o de terror... ¡Se los dejo a su elección!
Los matones de los Dorado abrieron los ojos despavoridos. ¡Ni siquiera Horacio se atrevió a emitir una queja ante aquella monstruosa amenaza!
El silencio se impuso por varios segundos hasta que Ledo, retomando su posición dominante, lanzó de nuevo la pregunta inicial:
—¿Te largas por tu propio pie, o prefieres que te noquee y deje que tu basura te arrastre fuera de aquí?
Horacio apretó las mandíbulas, jurando venganza:
—Mocoso desgraciado... ¡Te vas a arrepentir de haber ofendido a los Dorado! ¡No te la vas a acabar, tú...!
Ledo dejó caer su bota con fuerza y Horacio quedó sumido en la más profunda inconsciencia.
Los secuaces contuvieron la respiración, ¡presenciando aterrorizados la frialdad del joven!
Ledo retiró el pie y los miró con asco:

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...