Al notar la reacción defensiva, Tesoro se dirigió al viejo mendigo con sutileza.
—Disculpe, ¿acaso hay alguna criatura venenosa aquí adentro?
El anciano no intentó ocultarlo y asintió con una sonrisa.
—Traje un pequeño obsequio para usted. Pase, vamos a verlo.
Con paso cauteloso, Tesoro lo siguió hacia el interior de la caverna.
Enredado firmemente alrededor de su muñeca, Pink mantenía los ojos entrecerrados, escaneando cada milímetro del entorno en busca de amenazas.
El pequeño guardián había suprimido su letalidad por completo, por lo que el Vínculo Maestro que residía en el interior del anciano no detectó su abrumadora presencia.
Al adentrarse, Tesoro echó un vistazo rápido. Su vista se posó en un montón de paja seca amontonada en una esquina.
—¿Usted duerme ahí? —preguntó, con el ceño fruncido por la preocupación.
—Mi vida es mendigar. No tengo un hogar permanente, pero este es el rincón donde suelo resguardarme —contestó él con naturalidad.
—Debe ser muy duro vivir así —lamentó ella.
Saber que un maestro del Vínculo, alguien con un poder que infundiría respeto en cualquiera, vivía en la más absoluta miseria por pura devoción a su familia, le estrujó el corazón.
El anciano agitó la mano, restándole importancia.
—Nací para servir a los del Pozo y moriré haciéndolo. Cualquier sacrificio que hagamos es un honor para nosotros.
Mientras hablaba, sacó de entre sus ropas una pequeña caja negra y se la tendió.
—El Patriarca me comentó que usted siente una profunda fascinación por los insectos ponzoñosos. Este es mi regalo de bienvenida. Ábralo.
Tesoro tomó la caja con curiosidad y levantó la tapa.
—¿Qué es esto?
En el interior descansaban dos pequeños insectos redondos, semejantes a crisálidas de cigarra en miniatura.
—Fue un hallazgo fortuito. Son criaturas extraordinarias, casi un mito —explicó el viejo—. Su grandeza no radica en su toxicidad actual, sino en su mutabilidad genética.
—Estos pequeños ponen huevos una vez al mes. Y cada vez que lo hacen, es como jugar a la lotería. Nadie, absolutamente nadie, puede predecir qué nacerá de ellos.
—Pero hay algo seguro: las crías siempre nacen con toxinas devastadoras. Para alguien que dedica su vida al estudio de los venenos y el Arte del Vínculo, esto es un tesoro incalculable.
Los ojos de Tesoro se iluminaron de inmediato.
—¿Quiere decir que sus crías son diferentes a ellos?
—Completamente diferentes —afirmó el anciano con una sonrisa—. No sirven para convertirse en un Vínculo Maestro, pero son las incubadoras perfectas. Si los cuida bien, cada mes tendrá a su disposición una nueva camada de criaturas venenosas.
Fascinada, Tesoro no dejaba de mirar la caja.
—¿Y cómo debo cuidarlos a ellos y a sus crías?
—Solo tiene que asegurarse de alimentarlos con regularidad para que no mueran de hambre.
—¿Qué comen?
—No son exigentes. Devoran casi cualquier cosa que le guste a un insecto venenoso, aunque tienen predilección por alimentos con alto contenido proteico.
Tesoro los examinó maravillada por un rato más antes de preguntar con cautela:
—¿Y estos son los únicos que tiene?

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Cómo se llama la segunda parte de la novela?...