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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3865

Lázaro le arrojó el celular de vuelta al anciano, quien se apresuró a marcar un número temblando.

Al otro lado de la línea, la voz ronca de una mujer respondió. —¿Ya lograste salir?

El viejo excéntrico dijo: —Trae a Diego a El Cerro de la Princesa. ¡Ahora mismo!

La mujer se sorprendió. —¿A El Cerro de la Princesa?

El anciano no quiso dar explicaciones y su tono se volvió amenazante. —¡Solo haz lo que te ordeno y no hagas preguntas!

La mujer respondió: —... Entendido.

Al colgar, el anciano miró a Lázaro y le dijo:

—Mi gente es sumamente eficiente. No echarán a perder el trabajo. Ahora puede ir pensando cómo utilizaremos a Diego como carnada para tenderle la trampa a la bestia.

Lázaro entornó los ojos, meditando sobre las posibles variables de la noche. —...

Ledo, recordando de pronto un detalle de aquella tarde, preguntó:

—Ese día que el tal Diego salió de tu choza, escuché a una mujer hablando contigo. Pero cuando te vigilé no vi a nadie más. ¿Quién demonios era ella?

El anciano abrió mucho los ojos, pálido. —¿Estabas ahí ese día?

Ledo no mintió. —Así es.

El viejo excéntrico miró con asombro y preguntó. —¿En dónde te metiste que no te vimos?

Ledo respondió: —En el techo.

El viejo excéntrico: —... ¿Por qué no pudimos sentir tu presencia?

Ledo sonrió: —Porque son demasiado lentos y torpes.

El viejo excéntrico enmudeció. —...

Ledo prosiguió: —Pero eso no es lo importante, me dio curiosidad esa mujer.

El viejo excéntrico suspiró: —Estaba bajo la mesa todo el tiempo.

Ledo parpadeó, sorprendido. —¿Debajo de la mesa? La vi, era minúscula. Era imposible que un adulto normal cupiera ahí, pero por su voz sonaba como alguien mayor.

El viejo excéntrico le dijo:

—Tiene sus años encima, pero su cuerpo no creció. Es una anomalía de laboratorio. Un daño congénito severo; a sus más de cuarenta años apenas mide sesenta centímetros de altura. Parece una bebé.

Ledo frunció el ceño. —¿Una anomalía de laboratorio?

El viejo excéntrico suspiró:

—En La Selva eso no es algo raro. Tenemos muchas mutaciones así por culpa de las investigaciones sobre venenos. La madre de esa mujer fue utilizada como conejillo de indias en los laboratorios de los Maestros del Vínculo. Su cuerpo ya estaba devastado cuando la concibió. Digamos que es el producto residual de un experimento.

Ledo sintió que el estómago se le encogía.

—¿Acaso en La Selva está permitido usar seres humanos para hacer experimentos?

El viejo excéntrico respondió: —Aquí la gente lo hace de forma voluntaria. No se trata de si está permitido o no.

Ledo cuestionó: —¿Y sabiendo las consecuencias tan aterradoras, van por voluntad propia? ¡Eso es una completa locura!

El viejo excéntrico explicó:

—Algunos lo hacen por honor familiar, para descubrir nuevos antídotos. Otros... lo hacen simplemente para no morirse de hambre. Es igual que en el exterior cuando las farmacéuticas pagan a personas necesitadas para probar nuevos medicamentos. Firman un papel y se convierten legalmente en conejillos de indias.

Ledo arrugó la nariz. Sintió un nudo amargo en la garganta, pero no supo cómo refutar la retorcida lógica del anciano.

Al final, en todas partes del mundo la desesperación empujaba a las personas a vender su propio cuerpo a la ciencia.

Inhaló profundamente y soltó el aire con fuerza, y preguntó:

—¿Y qué pasa si alguien se niega? ¿Los obligan a la fuerza?

El anciano apretó los labios y desvió la mirada hacia Lázaro y se quedó en silencio, temiendo que una palabra en falso le costara la cabeza.

Ledo no tuvo pelos en la lengua.

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