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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 3851

Detrás de ellos se alzaba una pared de roca sólida y la boca de la caverna. A intervalos regulares, unas viejas lámparas de queroseno parpadeaban contra la piedra.

El ambiente era opresivo, asfixiante y estaba impregnado de un aura de peligro constante.

Ledo observó el panorama que se abría ante sus ojos y bajó la voz para preguntar:

—¿Esto es una cueva natural?

Lázaro Rojas asintió.

—La Selva está llena de estas cavernas. Por lo general, los lugares más ocultos y clandestinos se establecen aquí abajo.

Ledo frunció el ceño.

—Pero estas formaciones deberían ser áreas protegidas, ¿acaso el gobierno no interviene?

—La Selva es un lugar con reglas propias —explicó Lázaro—. Como casi todos aquí practican el Arte del Vínculo y muchos de esos insectos viven bajo tierra, han cavado un sinfín de túneles. En esta zona, las cuevas excavadas por los Vínculos superan con creces a las naturales.

La curiosidad brilló en los ojos de Ledo.

—¿Y cómo son esas cuevas hechas por los Vínculos?

—Muy parecidas a estas cavernas. Si tienes tiempo, luego te llevo a ver una. Para nosotros es el pan de cada día, pero para alguien de fuera debe ser un espectáculo impresionante.

Ledo asintió, fascinado.

—Definitivamente sacaré tiempo para ir a verlas.

Siguieron caminando mientras hablaban. Al ser recién llegados en aquel submundo, nadie les prestaba atención. Todos llevaban máscaras; el anonimato era la regla de oro.

Ledo miraba a todas partes con genuina curiosidad. No tardó mucho en distraerse con una criatura de aspecto bizarro.

El pequeño animal estaba encerrado en una jaula, saltando de un lado a otro sin quedarse quieto ni un solo segundo.

A simple vista, parecía una comadreja, pero sus orejas eran desproporcionadamente grandes, lo que le daba un aire alienígena.

Incapaz de resistirse, Ledo se puso en cuclillas y se acercó a la jaula para observar mejor.

El vendedor, un hombre envuelto en ropas tradicionales de La Selva mugrientas y desgarradas, estaba sentado con las piernas cruzadas detrás de su puesto. A través de las rendijas de su máscara, escrutó a Ledo con los ojos entrecerrados.

Ledo abrió la boca para hacer una pregunta, pero antes de que pudiera emitir un sonido, Lázaro lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo puso de pie de un tirón.

Ledo lo fulminó con la mirada.

—¿Qué te pasa?

—Primero lo primero. Concéntrate en el trabajo —susurró Lázaro.

Ledo apretó los labios.

—Solo tenía curiosidad. Nunca había visto un animal como ese.

—Es una especie mutante —respondió Lázaro.

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