Justo cuando Tesoro terminaba de cenar, Yago del Pozo entró en la habitación.
Blanca le preguntó:
—¿No habías ido con tu padre a ver al Señor de la Selva? ¿Por qué volviste solo?
Yago respondió: —El Señor de la Selva sigue en retiro. Papá se quedó esperando noticias y me pidió que regresara para llevar a Tesoro a dar un paseo.
Luego miró a Blanca y a los chicos con una sonrisa cálida.
—Las calles ya se están animando. ¿Qué les parece si los llevo a dar una vuelta para que experimenten el verdadero ambiente de La Selva?
Tesoro, siempre dispuesta, aceptó encantada. —¡Sí, claro! Eric, ¿puedo ir?
Eric asintió. —Sí, puedes.
Con el permiso de su protector, la alegría de Tesoro se multiplicó.
—¿A qué hora salimos?
—Ya preparé el carruaje. Podemos irnos cuando quieran —le aseguró Yago.
Tesoro ladeó la cabeza, curiosa. —¿Un carruaje?
Yago sonrió.
—El centro es demasiado caótico en este momento. Hoy los llevaré a dar un paseo por las afueras para que aprecien la belleza de La Selva.
Mateo se sorprendió. —¿No iremos al mercado?
—Iremos de regreso, más tarde. Primero vamos a ver el atardecer —explicó su padre.
—¿A dónde? —preguntó Mateo.
—Al Cerro de la Princesa. Desde la cima se puede ver toda la ciudad. Es un lugar hermoso, estoy seguro de que a Tesoro le encantará.
Mateo enarcó una ceja. —...¿De quién fue la brillante idea?
—¡Mía, por supuesto! ¿Qué pasa? ¿No quieren ver la puesta de sol y disfrutar de la vista panorámica?
Mateo miró de reojo a Tesoro y guardó silencio.
Él sabía exactamente lo que más le gustaba a la chica: a Tesoro le fascinaba estudiar a los Vínculos. ¡Habría estado mil veces más emocionada si la hubieran llevado al mercado negro!
Pero al ver a su padre tan entusiasmado, no quiso arruinarle el momento. Decidió no decir nada y dejar que Tesoro tomara la decisión final.
Tesoro, con sus grandes y expresivos ojos brillantes, respondió:
—Por mí está perfecto. Lo que don Yago decida me parece bien.
El ánimo de Yago se elevó aún más. —¡Excelente! ¿Nos vamos de una vez?
La niña asintió con entusiasmo. —¡Sí, vamos!
Blanca, siempre prudente, intervino: —El terreno en el Cerro de la Princesa es algo escarpado y tiene sus riesgos. ¿Ya te aseguraste de tener todo preparado para la seguridad de los chicos?
—Descuida, tengo todo cubierto. Jamás permitiría que corran peligro —le aseguró su marido.
Blanca asintió, satisfecha. —Muy bien.
Así, el grupo se preparó y subió al carruaje rumbo al Cerro de la Princesa.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...