Unos cuarenta minutos después, Ledo llegó a los alrededores de una imponente mansión tradicional.
A juzgar por las pesadas puertas de madera y el musgo que trepaba por los altos muros, la estructura llevaba allí casi un siglo; definitivamente no era una construcción reciente.
Sobre la entrada principal colgaba una gran placa de madera oscura con letras doradas: "Mansión de la familia Dorado".
Ledo entrecerró los ojos. ¿La familia Dorado?
Miró el punto en el mapa de su celular y luego volvió a ver la placa. Efectivamente, ¡estaba frente al nido de las víboras!
Lázaro estaba dentro de la casa.
¿Qué demonios estaba haciendo ahí?
Ledo estaba a punto de enviarle un mensaje, cuando de repente una sombra emergió de la nada detrás de él, le tapó la boca y lo arrastró hacia la oscuridad.
Ledo se sobresaltó y estaba a punto de contraatacar con un golpe brutal cuando reconoció la voz áspera de Lázaro junto a su oído:
—Soy yo. Viene gente, escóndete.
Ledo relajó los músculos al instante y, mentalmente, detuvo a Cano y Pink para que no pulverizaran a Lázaro por reflejo.
Lázaro lo llevó rápidamente hacia un árbol enorme cerca del muro y le preguntó en voz baja:
—¿Puedes trepar?
Ledo asintió. —Claro.
Lázaro ordenó: —Sube.
Sin esperar, Lázaro trepó ágilmente hasta la copa del árbol y se agachó entre las ramas, con la vista clavada en la mansión de los Dorado.
Ledo lo observó con un destello de sorpresa en los ojos. Por un instante fugaz, la agilidad de Lázaro le recordó a su difunto tío abuelo.
Cuando el tío abuelo vivía, se movía exactamente con esa misma destreza; a pesar de su avanzada edad, nunca fue lento, sino más rápido y preciso que cualquier joven.
Cómo deseaba que el tío abuelo estuviera ahí.
Seguramente le fascinaría todo el misterio de La Selva, el Sello del Ánima y el Vínculo Umbrío. Incluso habría buscado la forma de atrapar uno para llevárselo a las montañas y estudiarlo.
Mientras más lo pensaba, más se le encogía el corazón por la nostalgia...
De pronto, la voz impaciente de Lázaro interrumpió sus recuerdos:
—¡Sube de una vez!
Ledo sacudió la cabeza para volver al presente. Sin necesidad de mirar, sintió la presencia de quienes se acercaban; trepó al árbol en un abrir y cerrar de ojos, ubicándose incluso más alto que Lázaro, y se asomó por entre las hojas.
Abajo, dos figuras sospechosas cargaban con esfuerzo una caja pesada, acercándose a la puerta trasera de la mansión.
Miraron a ambos lados nerviosamente y, al confirmar que no había nadie en la calle, dieron unos toques sutiles a la puerta de servicio.
La puerta se abrió desde adentro. El hombre que les abrió no parecía sorprendido de verlos; simplemente asomó la cabeza, verificó que nadie los hubiera seguido, y les hizo señas para que entraran rápido.
Los dos hombres metieron la caja y la puerta se cerró con un clic.
Desde la copa del árbol, Lázaro y Ledo tenían una vista perfecta: vieron a los hombres cruzar el patio, caminar por un pasillo techado, pasar por un arco de piedra y desaparecer en el patio trasero de la mansión.
Ledo frunció el ceño, intrigado, y susurró a Lázaro:
—¿Qué crees que llevan en esa caja?
Lázaro, con el rostro ensombrecido, respondió cortante: —No lo sé.
Ledo lo miró, incrédulo. —Si no lo sabes, ¿entonces por qué tienes cara de querer asesinar a alguien?
Lázaro no respondió. "..."
Ledo insistió:
—¿A qué viniste a la familia Dorado? Espera, ¿no eres parte de esta familia? ¿Por qué andas escondiéndote en las sombras de tu propia casa?
Lázaro murmuró: —No vine a buscarlos a ellos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo
Cómo se llama la segunda parte de la novela?...