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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2110

¡El enemigo estaba a punto de moverse!

Al ver que Carol y Tania dudaban, Laín comentó adrede:

—Mamá, ¿por qué no bajas con la madrina Tania? Nosotros nos quedamos aquí y jugamos con el bebé.

Ledo, que ya sabía que la nana Carla era la traidora, no tardó en apurarla también:

—Anda, mamá, tranquila, aquí estamos nosotros.

Carol confiaba en el buen ojo de Laín y en que Ledo era ágil y fuerte; si ellos cuidaban de sus hermanos, difícilmente pasaría algo malo.

Así que, tras darles unas breves indicaciones, Carol se fue junto a Samira y las demás.

Apenas todos bajaron, la nana Carla se acercó nerviosa a la ventana y llamó por teléfono.

Habló en voz baja, pero aunque Laín no alcanzó a oírla, pudo leerle los labios:

—Ya bajaron todos, en la casa solo quedan los niños. Vengan rápido.

Laín entrecerró los ojos. Estaba seguro: el pez ya picó el anzuelo.

En pocos minutos, dos empleados entraron con bandejas de fruta y pastelitos.

Laín y Ledo se miraron de reojo; con un solo vistazo supieron que esos dos no eran simples empleados, sino tipos entrenados, de los que se notan por cómo caminan y hasta cómo respiran.

Ledo miró a Laín, quien le hizo una seña para que no hiciera nada aún.

La nana Carla, al ver entrar a los empleados, se fue directo a la cuna y llamó a los niños para que comieran pastelito.

Tesoro, la más golosa, corrió dando saltitos.

Ledo se quedó junto a la cuna, mientras Laín y Luca acompañaron a Tesoro.

Al ver tantos pastelitos deliciosos, a Tesoro se le iluminaron los ojos.

—¡Guau! —exclamó, y tomó uno directo a la boca. Pero antes de morderlo, se detuvo en seco.

—¿Eh? —dijo intrigada, y acercó el pastelito a la nariz.

—¿Por qué le pusieron pastillas para dormir al pastel? —preguntó de pronto.

—¡No seas entrometido! ¡Suéltame o te doy una paliza!

Pero Ledo apretó más fuerte:

—¡Atrévete a pegarme!

Los dos empleados, al ver la situación, dejaron de fingir y dijeron apresurados:

—¡Rápido, haz lo tuyo! Tú encárgate del niño, nosotros nos llevamos a Tesoro. ¡No dejes que estos mocosos echen a perder el plan!

Apenas dijeron esto, se lanzaron hacia Tesoro.

Cano, la serpiente, saltó de pronto, sacando la lengua y mirando fijo a los dos hombres, lista para atacar.

Como necesitaban interrogarlos después, Cano no los mordió, pero igual los asustó tanto que retrocedieron de inmediato. Cualquiera podía ver que Cano no era una serpiente común, sino una muy venenosa.

—¿De dónde salió esa víbora? —gritaron, intentando esquivarla para atrapar a Tesoro, pero Cano no se los permitió.

Tesoro, asustada por todo el alboroto, hizo pucheros y rompió en llanto.

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