—Mamá, ¿por qué eres tan formal con Oli? —dijo Vanesa, que estaba a un lado—. Pareciera que no lo conocieras.
Aunque Daisy no les estaba prestando atención, sabía perfectamente que madre e hija estaban montando un numerito para ella.
Era obvio que esas palabras iban dirigidas a ella.
Ahora entendía de quién había sacado Vanesa ese carácter.
Pero no tenía ganas de prestarles atención, así que se fue directamente con Cintia al laboratorio.
***
—¿Qué pasó con el cuarto? —le preguntó Oliver a una enfermera para entender la situación.
La familia Aguilar tenía dos cuartos privados reservados permanentemente en ese hospital.
Las veces anteriores que Vanesa había estado internada, la habían acomodado en uno de ellos.
Por eso, esta vez que Azucena venía a una revisión postoperatoria, dieron por hecho que se quedaría en un cuarto VIP. Para su sorpresa, les informaron que ya estaba ocupado.
La enfermera se sentía visiblemente intimidada por Oliver; al fin y al cabo, era el dueño mayoritario del hospital.
—Pues… alguien ya lo está usando.
—¿Y quién se atrevería a ocupar este cuarto sin el permiso de Oli? —la cuestionó Azucena, frunciendo el ceño—. ¿No será que alguien en su hospital está haciendo favores por debajo del agua?
La enfermera palideció del susto.
—Nosotras nunca nos atreveríamos.
—Entonces dime, ¿cómo se llama la persona que está en ese cuarto? —la presionó Azucena.
A la enfermera no le quedó más remedio que mostrarle el registro.
—¿Cintia? ¿Quién es? —le preguntó Azucena a Oliver, confundida—. Oli, ¿tú la conoces?
Oliver no lo ocultó.
—Sí, la conozco.
Vanesa también la conocía.
Había revisado el expediente de Daisy en Grupo Prestige y sabía que Cintia era su madre.
Por eso, al ver el nombre, su expresión se tensó y un destello de disgusto cruzó por sus ojos.
—¿Tú lo autorizaste? —le preguntó Vanesa a Oliver.
Al ver que Oliver lo negaba rotundamente, su semblante se relajó un poco.
Luego, concluyó con seguridad:
A pesar de estar en una silla de ruedas y tener que levantar la cabeza para hablar, su presencia imponía una presión abrumadora.
—Yo la acomodé aquí. ¿Alguien tiene algún problema con eso?
La mirada gélida de Mario recorrió a Oliver de arriba abajo antes de posarse con desdén sobre madre e hija, quienes se habían quedado mudas y paralizadas a un lado.
Vanesa apretó los labios, sin atreverse a decir una sola palabra, con el rostro completamente rígido.
Azucena, con más mundo recorrido, reaccionó de una forma un poco más natural.
—Señor Aguilar, lo entendió mal, no era nuestra intención…
—Si usted la acomodó, entonces no hay más que decir.
Luego se giró hacia Vanesa.
—No te preocupes, yo me puedo quedar en un cuarto normal, es lo mismo. De todas formas, fue un lindo gesto de Oli, y con la intención me basta.
Mario no respondió nada, ni se molestó en hacerlo.
Simplemente le ordenó a Susana:
—Llévame al jardín a tomar aire. Este hospital está lleno de gente indeseable.
***

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