Vanesa, que no había dicho nada, esperó a que Oliver respondiera y entonces envió un mensaje con indiferencia.
[Hace mucho que no nos juntamos. Hay que vernos cuando vuelvan a San Martín.]
Luis fue el primero en responder a su llamado.
[¡Claro! ¡Yo siempre estoy disponible!]
Fernando y Yeray, por compromiso, también respondieron que sí.
Luego, Vanesa le envió un mensaje privado a Luis, preguntándole si quería invertir en el proyecto de superconductores de alta temperatura.
Luis, que normalmente invertía sin pensarlo, esta vez titubeó.
[Vane, la verdad es que me encantaría invertir, pero ya sabes que en el Instituto Quirúrgico Valle Verde no tengo voz ni voto. No puedo decidir yo solo.]
La mirada de Vanesa se ensombreció. Le recordó amistosamente:
[No olvides que el Instituto Quirúrgico Valle Verde es de los Ibáñez, no de los Ayala.]
***
En cuanto hubo un pequeño avance en el caso de la adquisición, Daisy llamó de inmediato a la señora Ferrer para informarle.
Sin embargo, esta vez quien contestó fue Camilo Ferrer.
Camilo le dijo a Daisy que la señora Ferrer estaba hospitalizada.
El ánimo de Daisy se desplomó al instante.
—Supongo que ya sabes algo de su situación, ¿verdad? —le preguntó Camilo.
—Me dijo que era cáncer de mama —respondió Daisy con voz apagada.
—No es solo eso. Tiene una enfermedad cardíaca muy grave, no pueden operarla.
La mente de Daisy se quedó en blanco.
Con razón, con razón la señora Ferrer había dicho que no le quedaba mucho tiempo.
Quiso decir algo, como unas palabras de consuelo o de ánimo…
Pero todo se le quedó atascado en la garganta, sin poder emitir un solo sonido.
—InnovaMex es lo último que le preocupa. Te lo ruego, Daisy —le pidió Camilo solemnemente.
—De acuerdo —respondió Daisy con un nudo en la garganta.
Esa llamada la afectó tanto que tardó un buen rato en recuperarse.
Hasta que llegó Camila.
¡Llevaba tres días sin volver a casa!
Camila también se sentía culpable, y entró de puntillas.
Daisy estaba sentada sola en el balcón, tomando el aire, así que no había encendido la luz.
Camila pensó que ya estaba dormida y suspiró aliviada, llevándose una mano al pecho.
—Para conseguir este amuleto, me despellejé las rodillas. ¡Y tú, en lugar de compadecerte, me interrogas!
Daisy no respondió y se dio la vuelta.
—¿A dónde vas? ¿Ya no te importo?
—¡A buscar el botiquín!
—Ah —Camila se animó de nuevo. Se tiró rápidamente en el sofá, esperando a que Daisy le curara las heridas.
Mientras Daisy le limpiaba las heridas de las rodillas, ella se quejaba entre dientes.
—¡Con cuidado! ¡Duele mucho!
—¿Y para qué te pones a hacer esto? ¿Subir noventa y nueve escalones de rodillas en esta época para conseguir un amuleto? ¿Ya no quieres tus rodillas?
—Oye —dijo Camila—, ¿cómo sabes que son noventa y nueve escalones?
Daisy se quedó en silencio.
Camila reaccionó y empezó a maldecir.
—¡Oliver de verdad que es un desgraciado!
Daisy le pidió que cambiara de pierna, y entonces notó una marca sospechosa en la parte interna de su muslo.
—¿Y esa marca roja que tienes en el muslo?
***

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