—Ya que lo sabe, entonces le pido que en el futuro mida sus palabras cuando hable frente al niño. Yo siempre seré la mamá de Noah y, aunque no logre conseguir su custodia, cuidarlo y amarlo es mi responsabilidad y mi derecho como madre. No necesita preocuparse por eso, y mucho menos requiero de su aprobación.
Al oír esas palabras, Susana alzó las cejas. Ella se dio vuelta, caminó alrededor del auto y abrió la puerta del conductor. Brisa se despidió de Susana y también se subió al carro. El auto se puso en marcha.
Susana regresó a la casa. Desde el ventanal, Santiago había estado siguiendo con la mirada la silueta del auto, hasta que desapareció. A pesar de estar en pleno verano, llevaba puesto un guante negro en la mano izquierda.
—¿No te cansas de mirar? —Ella se acercó a él y observó su perfil delgado—. Acaba de ponerme en mi lugar. Como una leona defendiendo a su cachorro, ¡está bastante molesta!
—No la provoques usando los asuntos del niño. —La voz de Santiago se escuchó indiferente—. Ella ha pasado por mucho sufrimiento por sus dos hijos. En especial por Noah. Haberlo perdido y recuperado hace que lo aprecie más que a nadie en el mundo.
—¡Si sabes que lo aprecia más que nadie, para qué se lo quitaste! —Susana disfrutaba alimentar el conflicto—. ¡Hoy pude darme cuenta de que te detesta!
Él permaneció en silencio, apretando los labios.
—Santiago, las mujeres entendemos mejor a las mujeres.
Ella lo miró con las cejas levantadas.
—Tu exesposa parece calmada y pacífica, pero cuando una mujer así se pone firme, ¡es imposible hacerla cambiar de opinión! Piénsalo bien, porque si continúas con este plan, ¡no habrá vuelta atrás!
Santiago le dirigió una mirada.
—Tengo todo bajo control.
Ella rodó los ojos.
—Qué terco.
***
Al llegar a casa, Valeria se comunicó con Leonel. En poco tiempo, él había llegado. Le hizo masajes a Noah y luego le preparó medicinas para bajar la fiebre y aliviar sus síntomas. Una vez que la medicina estuvo lista, ella ayudó a su hijo a tomarla.

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