Mariana dejó de respirar, palideció y empezó a tambalearse. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Valeria la miraba sin inmutarse, contando en su mente.
Uno, dos, tres...
Mariana cerró los ojos y se desplomó.
—¡Mariana!
Santiago la cogió en brazos, le dirigió una mirada a Valeria y salió a grandes zancadas.
Valeria lo vio todo con total indiferencia, sin sentir absolutamente nada.
Mariana siempre conseguía desmayarse en el momento perfecto. Solo Santiago, ciego de amor, no se daba cuenta.
Cerró la puerta de la habitación y respiró hondo con los ojos cerrados.
—Valeria.
Al escuchar su nombre, Valeria abrió los ojos y se encontró con la mirada enrojecida de su madre.
—Valeria, ¿qué está pasando realmente entre el señor Rodríguez y tú? —Yolanda preguntó y enseguida agregó: —No es que desconfíe de ti, solo me preocupo.
Valeria se acercó y tomó la mano de su madre.
—Mamá, no te dije nada antes porque pensé que todo esto estaba por terminar y que no valía la pena preocuparte más. Pero si hubiera sabido qué pasaría todo esto, te lo habría contado desde el principio.
Yolanda ya intuía algo.
—Entonces, ¿tú y el señor Rodríguez...?
Valeria mantuvo una expresión neutra. A estas alturas, cuando pensaba en Santiago, su corazón ya estaba muerto.
—Estamos en proceso de divorcio.
*
En una habitación VIP del último piso.
Mariana abrió lentamente los ojos en la cama del hospital.
Santiago estaba de pie frente a la ventana, dándole la espalda. Su postura erguida, emanaba una presencia imponente que mantenía a todos alejados.
Incluso, viéndolo solo de espaldas, Mariana quedaba fascinada.
Se incorporó, apoyándose en la cama, y lo llamó suavemente.
—Santiago.
Al escucharla, él giró la cabeza.
—Ya despertaste.
Su expresión era distante y su tono igual de frío.
Como Yolanda no entendía bien en qué consistía el trabajo de Valeria, fue fácil convencerla.
Esa noche, después de asegurarse de que su madre, visiblemente preocupada, se había dormido, le dio algunas instrucciones a Carmen y salió del hospital.
Fue a casa a buscar ropa para Yolanda y después pasó por el estudio.
Ya ahí, Valeria encendió la computadora y revisó su correo.
Por la tarde había recibido un email.
Era de su mentor, con quien no había tenido contacto en años.
No había ningún mensaje escrito, solo varias fotografías.
¡Valeria reconoció de inmediato las piezas arqueológicas de las fotos!
Eran antiguas figuras de porcelana, piezas únicas de más de setecientos años de antigüedad.
Este tipo de piezas antiguas fueron descubiertas por equipos arqueológicos en los años setenta.
La mayoría se conservaban en el Museo Nacional.
Valeria amplió las imágenes para examinarlas con cuidado.
Durante los últimos años, cada Año Nuevo, Valeria le enviaba correos a su mentor. Como sentía que lo había defraudado después de toda su formación, siempre se sentía culpable. En los emails no se atrevía a mencionar nada personal, solo le mandaba buenos deseos.
Pero su mentor nunca le había contestado.

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