Santiago se quedó inmóvil.
Durante un tiempo, no pudo reaccionar. Muchos detalles del pasado aparecieron en su mente en ese momento, como fotogramas. Recordó la noche de año nuevo cuando ella dijo que se sentía mal, pero él pensó que estaba haciendo un berrinche y no le hizo caso...
Pero, reflexionando, ya debía estar embarazada en ese entonces. Y también las veces posteriores, cuando Nicolás se le acercaba y ella se protegía el vientre...
Su teléfono vibró en el bolsillo. Santiago sabía que era Mariana quien llamaba, pero en ese momento no tenía ganas de responder.
Caminó con pasos pesados, uno tras otro, hacia la sala de emergencias. Emilio lo siguió por detrás. Cuando llegaron afuera de la sala de emergencias, Emilio dijo:
—Aquel aborto la afectó bastante, su cuerpo nunca se recuperó. ¿Recuerdas que en Ghana se enfermó apenas llegó? Ya en ese momento me pareció extraño.
Santiago miró las letras rojas que decían "Sala de Emergencias". Después de un largo rato, suspiró como si hubiera aceptado la explicación de Emilio. Entonces, preguntó:
—Si el bebé ya no estaba desde hace tiempo, ¿por qué tuvo dolor abdominal y sangrado?
—Eso tendremos que esperar a que salga la directora para preguntarle, pero supongo que también será un problema uterino.
Al escuchar esto, no dijo nada más. Aproximadamente, diez minutos después, se abrió la puerta de la sala de emergencias. Lina salió con una hoja de consentimiento de cirugía en la mano.
—Tú y Valeria aún no se han divorciado y ella tampoco tiene otros familiares. ¡Solo tú puedes firmar este consentimiento!
—¿Qué consentimiento?
—Consentimiento para histerectomía.
—Santiago, firma. Es cuestión de vida o muerte. —Emilio tomó la pluma de las manos de Lina y se la entregó a Santiago.
Él tomó la pluma. El hombre calmado y controlado temblaba mientras sostenía la pluma. Al ver que tardaba en firmar, Lina lo apuró.
—¡Date prisa! ¡Valeria tiene está perdiendo mucha sangre!
Al escuchar esto, el corazón de Santiago se contrajo. Sin pensar en nada más, firmó. La letra salió temblorosa y torcida; no era la escritura elegante y desenvuelta de siempre. Lina tomó el consentimiento, se dio vuelta y entró a la sala de emergencias. La puerta se cerró otra vez.
Santiago miró esa puerta con ojos apagados. Parecía una estatua, completamente rígido, hasta su respiración era pesada. La mano, con la que acababa de firmar colgaba a su lado, tenía los dedos aun temblando.
Después de un largo rato, cerró los ojos y tragó saliva con dificultad. Nadie sabía qué estaba pensando en ese momento.

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