—¡Espera un momento! —Rafael se interpuso furioso frente a Valeria con expresión seria—. Acabamos de bajarnos del avión, ¿y ya quieres que Valeria tome otro vuelo largo? ¡Ni siquiera a un animal de carga lo tratarías así!
—¡Exacto! —Lina jaló con fuerza a Valeria a su lado, fulminando a Santiago con la mirada, indignada—. Si quieres volverte loco por amor ese es tu problema, ¡pero Valeria no tiene por qué seguirte en tu locura!
Santiago fulminó con la mirada a Rafael. Él, un poco más alto que Rafael y vestido como siempre todo de negro, emanaba una presencia intimidante y poderosa.
—Esto es entre Valeria y yo, no tienes derecho a meterte.
Frente a Santiago, Rafael no mostró ni pizca de miedo. Enfurecido, su actitud mostraba esa firmeza y rectitud propia de los hombres jóvenes.
—¡Los asuntos de Valeria también son mis asuntos!
Su voz era clara y contundente.
Al escuchar esto, Santiago arqueó ligeramente las cejas.
Luego, su mirada se desplazó poco a poco hacia Valeria. Esbozó una media sonrisa, su voz tenía un tono burlón.
—¿Estás de acuerdo con lo que él dice?
Valeria lo miró indiferente.
Realmente no tenía la energía suficiente para volar enseguida a Ghana.
Después de una semana de turismo en Puerto Sereno, aunque Lina y Rafael habían hecho todo lo posible por cuidarla, quizás debido al embarazo, al final de la semana sentía una fatiga inexplicable en el cuerpo.
Ahora solo quería llegar a casa, darse una ducha y acostarse cómodamente en su propia cama a dormir.
—Tiene razón, estoy bastante cansada. Quiero descansar unos cuantos días.
Pero Santiago dijo:
—Ya solicité la ruta de vuelo. Iremos en avión privado, puedes descansar sin problema alguno en el avión.
La expresión de Valeria se ensombreció de inmediato.
—Me mareo en los aviones. No puedo soportar un vuelo de diez o veinte horas seguidas.
Al escuchar esto, Santiago apretó furioso los labios, observando fijamente a Valeria. Después de un buen rato, pareció suspirar con resignación.
—Tranquila, le pedí a Emilio que trajera medicina para el mareo.
—Santiago. —Valeria lo miró fijamente, su pecho subiendo y bajando—. ¿No puedes esperar ni siquiera unos días?
—Ya tengo todo arreglado allá. —Santiago suavizó un poco su tono—. Son solo tres días, nada más.
Valeria apretó los labios, conteniendo su rabia, aunque sabía mejor que nadie lo dominante que era Santiago.
Rafael entendió el mensaje implícito, suspiró resignado, entre preocupado y molesto.
—Con esa personalidad tuya... ¡un día no muy lejano vas a terminar matándome del coraje!
Valeria apretó los labios y bajó la mirada al suelo sin decir nada más.
La mirada de Santiago pasó brevemente por el rostro de Rafael, luego se posó en Lina.
—Doctora Cruz, ¿estaría dispuesta a venir con nosotros a Ghana?
—¿Puedo ir? —Lina se sorprendió. Por supuesto que sería mejor poder acompañar a Valeria, ¡pero era tan repentino!
Como doctora, ya había llegado al límite pidiendo una semana de vacaciones. Si pedía más... ¡seguro que el hospital no lo aprobaría!
Santiago enseguida pareció notar su preocupación y añadió:
—Si decides venir, no te afanes, yo hablaré con Lucas sobre el permiso.
¡Entonces no había nada que pensar!
—¡Voy! —Lina miró emocionada a Valeria—. Vamos juntas, ¡como si fuera otro viaje gratis con todos los gastos pagados!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Señor Rodríguez, la señora declara que ya no dará marcha atrás