—Está bien —Mariana se las arregló para contener la amargura que crecía en su pecho, asintió con gesto apesadumbrado, agarró su cartera y se marchó del cuarto echando miradas hacia atrás a cada momento.
Santiago no abrió los ojos hasta que se cerró la puerta de la habitación. Solo miró hacia la ventana con expresión melancólica.
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A mitad del pasillo, Mariana se topó con Emilio.
—Emilio —le gritó.
Él se aproximó, la saludó y le preguntó:
—¿Ya fuiste a ver a Santiago?
—Ajá —Mariana movió la cabeza afirmativamente, pero se veía totalmente decaída.
Emilio arrugó la frente.
—¿Qué te ocurre?
—Santiago se veía como si estuviera de muy mal genio. —Mariana lo miró con voz angustiada—. ¿Será que le sucedió algo?
Pues sí le había sucedido algo. ¡Pero ese tema... Emilio jamás se atrevería a comentárselo a Mariana! Apretó los labios y se limitó a decir:
—Cuando uno está lastimado y se siente mal del cuerpo, es normal que esté algo malhumorado. No le des tantas vueltas al asunto, con unos cuantos días de reposo se va a recuperar.
Tras escuchar eso, Mariana movió la cabeza.
—Entonces te voy a pedir el favor de que lo tengas bajo tu cuidado estos días. Yo tenía pensado quedarme a atenderlo, pero él anda preocupado por Nicolás y me dijo que mejor me quedara en casa haciéndole compañía. Pero por dentro no logro estar tranquila respecto a él. Tú sabes cómo es Santiago, es un obseso del trabajo. Hace un rato cuando llegué a su cuarto, todavía andaba en el teléfono, seguramente hablando de trabajo otra vez. Es verdaderamente desesperante.
Emilio la escuchó decir todo eso sin sentirse particularmente emocionado. Ahora que sabía que Valeria era quien había estado casada secretamente con Santiago durante cinco años como la legítima señora Rodríguez, cada vez que Emilio miraba a Mariana, le daba una sensación rara. Le contestó con tono desganado:
—Claro, voy a insistirle para que descanse más. No te preocupes tanto.
Mariana esbozó una pequeña sonrisa.
—Entonces ya me voy. Si surge algo donde me necesites, márcame cuando sea.
—Perfecto —Emilio sonrió sin ganas—. Maneja con cuidado.
—Sí, me largo.
Tras despedirse de Mariana, Emilio se dirigió inmediatamente donde Santiago.
—Cierto, ella me detesta.
—¿Y no tiene todo el derecho de detestarte? —Emilio observó a Santiago y de pronto se dio cuenta de que ya no lo reconocía para nada.
—Santiago, la verdad es que desde hace rato tengo ganas de preguntarte: ¿qué carajo pasó entre tú y Mariana durante esos dos años que anduvieron en el extranjero?
Santiago arrugó las cejas y volteó a ver a Emilio.
—¿A qué viene esa pregunta de la nada?
—Siento que desde que volviste del extranjero te convertiste en un completo misterio. Ahora cuando habló contigo tengo que estar adivinando todo el tiempo. Y lo que más me molesta es que no importa si doy con la verdad o no, ¡tú nunca me confirmas nada!
—Es que tienes demasiado tiempo libre —Santiago lo cortó fríamente—. Ya andas llegando a los treinta, si tanto te aburres, mejor búscate una novia.
—... —Emilio cerró los ojos, respiró hondo, ¡aguantándose las ganas de mandarlo a la mierda!
Miró a Santiago y le dirigió una sonrisa completamente falsa.
—Te lo digo en serio, Santi, sobre lo de Valeria... olvídala de una vez.

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