Valeria y Santiago llevaban cinco años en un matrimonio secreto, cumpliendo con las obligaciones conyugales, pero sin amor entre ellos. Más bien, debería decirse que ella ocultaba sus sentimientos hacia su esposo.
En la noche de fin de año, mientras la ciudad se cubría de nieve y por todas partes se escuchaba la alegría de las celebraciones de navidad, en el amplio conjunto residencial Las Palmas se encontraba Valeria sola. Se había preparado un plato de pasta, pero no había tocado nada de su comida.
El teléfono sobre la mesa de comedor reproducía una transmisión en vivo. En la pantalla se veían unas manos masculinas tomando un anillo de diamante para ponerlo con cuidado en el dedo anular de una mujer. En el video se escuchaba la voz suave de una mujer.
—Santiago, por favor, cuida de mí el resto de nuestras vidas.
Valeria fijó su mirada en el reloj que llevaba el hombre en la muñeca. Este era una pieza de edición limitada que servía como su marca distintiva. Entonces, una sensación agria se extendió por su pecho. La imagen se había detenido y sus ojos continuaban sin apartarse de la pantalla; solo podía confirmar una y otra vez lo que ya sabía de forma casi masoquista.
Hacía medio año que aquella mujer la había agregado a WhatsApp. Desde entonces, veía a su esposo en las historias de esa mujer. Después de cinco años de matrimonio, Valeria descubrió que su marido también podía ser tierno, romántico y atento.
La pasta, que antes soltaba un leve vapor por el calor, ya se había enfriado por completo. Quiso probarla y alzó el tenedor, pero sus brazos no tenían fuerza. Al igual que su matrimonio, no valía la pena seguir intentándolo.
Valeria cerró los ojos mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Después de un momento se levantó para regresar a su habitación. Allí se aseó, apagó las luces y se acostó.
Ya era muy tarde cuando escuchó los ruidos de alguien quitándose la ropa. Valeria estaba costada en la cama. Sabía que Santiago había regresado, pero mantuvo los ojos cerrados fingiendo estar dormida.
La cama se hundió y luego él la abrazó. Valeria puso una cara de desconcierto. Un momento después, su camisón fue levantado y una palma seca y cálida la tocó.
Ella se estremeció y abrió los ojos de golpe. Su cara masculina de rasgos definidos estaba muy cerca de ella. Sobre la nariz aún llevaba sus gafas plateadas. La pequeña lámpara de noche en la cabecera de la cama estaba encendida, proyectando una tenue luz naranja sobre los cristales. Tras los lentes, los ojos del hombre mostraban una mirada de deseo.
—¿Cómo es que regresaste tan pronto? —Preguntó Valeria con voz suave.
Santiago la miró, notando el enrojecimiento de sus ojos por haber llorado tanto. Entonces curvó ligeramente sus cejas.
—¿No me das la bienvenida?
Valeria lo miró a los ojos y dijo en voz baja: —No es eso, solo es que me sorprendiste.
Con la punta de los dedos acariciaba suavemente la cara de Valeria. Su mirada se oscureció y con voz grave le ordenó: —Quítame las gafas.
Valeria estaba confundida. Mientras, él continuaba tocándole la mejilla, ella contempló la cara que la había obsesionado durante años; pero en su mente solo estaba la imagen que había visto momentos antes en su teléfono. Por primera vez, ella, que siempre evitaba arruinar su estado de ánimo, le respondió con frialdad.
—No me siento muy bien.
—¿Te llegó el periodo?
—No, es solo que…
—Entonces, no arruines el momento. —La interrumpió, indiferente, sus ojos se llenaron de la densidad de la noche.
Valeria sabía que él no estaba dispuesto a dejarla ir. En su matrimonio, ella siempre había sido la parte que se humillaba y cedía. Sintió una punzada de dolor en el pecho y no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.
El hombre tiró sus gafas a la mesita de noche, y sus manos sujetaron con firmeza los delicados tobillos de Valeria. La luz de la cabecera se apagó, dejando el dormitorio en completa oscuridad.
VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Señor Rodríguez, la señora declara que ya no dará marcha atrás