CAPÍTULO 67. Preguntas y comienzos
Rowan pasó saliva porque eso sí que no se lo había esperado, Raven estaba cada vez más insistente con sus preguntas y con sus certezas, pero eso significaba que tarde o temprano tendría que decirle toda la verdad… y solo una parte de ella era hermosa. Solo una parte de ella hablaba de su sacrificio y de su amor; la otra hablaba de errores que Raven quizás no podría perdonarle nunca, ni aunque se convirtiera en un santo y salvara al mundo de un apocalipsis.
Raven apoyó la cabeza en su hombro, mientras la música suave aún flotaba en el aire. Las luces del salón se habían atenuado un poco, y aunque la fiesta no había terminado del todo, para ellos el mundo ya estaba más reducido: solo quedaban ellos dos, flotando en una burbuja silenciosa después del caos.
—¿Puedo preguntarte algo? —murmuró ella, sin moverse.
—Siempre —dijo él, acariciándole la espalda con la punta de los dedos.
Raven alzó la vista y lo miró con una expresión suave, pero cargada de emociones contenidas.
—¿Por qué me salvaste ese día? Eres un hombre inteligente, tenías que saber lo que eso significaría para ti.
Rowan la miró como si supiera que esa pregunta llegaría, pero no por eso tenía una respuesta simple.
—Porque le prometí a mi abuela que te cuidaría de ti, y estaba… estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para cumplir esa promesa.
Su voz fue tranquila, sincera. No había dramatismo en sus palabras, solo una verdad llana, dicha sin buscar compasión.
Raven frunció el ceño, sin apartar la mirada.
—Cuidarme es una cosa —le dijo—. Pero tú casi diste la vida por mí, Rowan. Eso es… muy diferente.
Él suspiró y le acarició el cabello, enredando los dedos en sus ondas.
—Digamos que tengo una deuda contigo que todavía no he podido saldar.
—¿Y qué deuda puede ser tan grande como para dar tu vida por mí? —preguntó ella, con el tono de quien ya no quería más evasivas.
Rowan no respondió de inmediato. La miró con una mezcla de ternura y melancolía, como si estuviera a punto de decirle algo que llevaba años guardando, pero al final, solo sonrió.
—¡Eres un bastardo! —le gritó Ulises, rojo de la ira— ¡No puedes echar así a tu familia!
—Mírame hacerlo —respondió Rowan con una sonrisa seca, y subió la ventanilla como quien cierra una historia para siempre.
El auto siguió su camino por el sendero que llevaba a la casa, dejando atrás los gritos y la desesperación de quienes, hasta hacía unos días, se creían los futuros amos del imperio Harrelson.
Pero una vez dentro, todo aquel escándalo quedó atrás. La mansión estaba en silencio, las luces estaban tenues, y el eco de sus pasos llenaba los salones vacíos. Por primera vez en mucho tiempo, la casa se sentía segura, libre de veneno, sin traiciones escondidas en cada habitación.
Rowan soltó la chaqueta del traje sobre una silla del salón. Se giró hacia Raven y la observó con detenimiento, como si por primera vez pudiera darse el lujo de verla, admirarla y tocarla sin barreras.
—Ya todo terminó —le dijo en voz baja; pero Raven lo miró fijamente y dio un paso hacia él, y después otro.
—¿Y por qué no puede comenzar?
No necesitó decir nada más. Rowan la tomó del rostro con ambas manos y la besó, esta vez sin contenerse. Un beso profundo, sin reservas, en medio del salón de una casa a la que iban a cambiar completamente muy pronto… ¡pero primero la iban a ensuciar!

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