—No digas tonterías, Ana. Dejando a un lado mi posición como mayor y como madre de Julián, ambas somos mujeres. Solo una mujer puede entender a otra mujer. Ana, si te digo estas cosas, es desde mi experiencia como mujer. Si de verdad quieres pensar que lo hago por Julián, no lo voy a negar. Después de todo, ustedes dos son los que van a compartir su vida juntos, y obviamente quiero que sean felices.
—Ana, ya has descargado suficiente tu enojo estos días. No tienes idea, pero sin ti, Julián no sabe ni cómo vivir. ¡Hasta ha tenido que pedir comida a domicilio! Ana, en todos estos años, tú te has preocupado por él, lo has cuidado y lo has consentido más que yo. Preferías levantarte temprano y hacer fila para comprarle su desayuno favorito en lugar de dejar que comiera en la cafetería.
—No viste cómo estaba todo hoy cuando regresé al departamento con tu papá. Olía a rayos, la mesa estaba llena de envases de comida a domicilio y la ropa sucia amontonada por todo el piso. Lo regañé, Ana, de verdad lo regañé. Le dije que no te estaba tratando bien y que estaba jugando con fuego; que una chica tan maravillosa como tú no merecía que él estuviera tan ciego.
—Ana, míralo, está comiendo comida a domicilio y no tiene ni ropa limpia. Perdónalo, ¿sí? Yo me encargaré de enderezarlo, no te preocupes. En cuanto llegue a casa, lo haré arrodillarse y suplicarte perdón. Ana, ya no estés molesta, ¿de acuerdo?
Beatriz derramó un par de lágrimas falsas. —Acabo de salir del hospital, estuve limpiando sola hasta la noche, y todavía no he terminado. Mi estómago ruge del hambre... Ana...
—Beatriz, es una lástima que no seas actriz. ¿Acaso debo perdonarlo solo porque pide comida a domicilio y no tiene ropa limpia? ¿No se lo buscó él solito?
—¿Y ahora qué? ¿Quieres lavarme el cerebro para que termine como mi papá? Dejándote disfrutar en el hospital, con todas las comodidades pagadas, mientras alguien más atiende tu negocio para que sigas ganando dinero. Beatriz, el hospital fue un lujo para ti. Por esa misma razón, deberías pagar. Solo el que paga tiene derecho a disfrutar de esos lujos.
Ana rio con desprecio. Era el colmo de la ironía. ¿Por qué tendría que sentir lástima de que Julián comiera comida a domicilio y no tuviera ropa limpia? ¿Acaso no era su propio problema? ¡Se lo tenía bien merecido!
La había despreciado, humillado, repudiado, e incluso la había matado en su vida pasada. ¿Y ahora su madre venía a fingir lástima por él?
¡Él no merecía ni su sombra!
—Ana...
—Beatriz, soy tan terca como una mula. Que a tu hijo lo atienda quien quiera. ¿No le gusta tanto Ximena? Pues ve a decirle todo esto a ella. Te aseguro que Julián se alegraría mucho más si Ximena se enterara en lugar de mí.
—Suficiente, Beatriz. No pierdas más tiempo. Todavía tengo que lavar los cubiertos, limpiar la cocina y estudiar. Mañana tengo el certamen.
Ana volvió a apresurarla.
Beatriz apretó los dientes de nuevo. ¡Esta mocosa era de piedra!
—Ana, soy una persona mayor y tú eres una niña, así que no voy a discutir contigo. Me quedaré aquí a esperar a tu papá. Quiero escuchar de su propia boca si de verdad quiere ajustar cuentas conmigo.
Beatriz sacó su as bajo la manga, su actitud de sinvergüenza. Dio un golpe en la pequeña mesa y se sentó de golpe en el sofá, con aire dominante.
¡Hoy no se iría sin una explicación!
Quería ver si Mateo de verdad se atrevía a rebelarse contra ella.
Ana se mostró completamente indiferente. —De acuerdo, entonces sigue esperando tranquila.
Justo lo que quería; esto le permitiría a su padre ver aún más claramente la verdadera cara de esa mujer.
Aunque en la madrugada había cenado de maravilla, no había probado bocado en todo el día. Julián miró la cocina fría y vacía. ¡Maldita sea! Ya estaba harto.
Justo cuando pensaba si debía volver a pedir comida a domicilio, Ximena finalmente llamó.
Julián contestó al instante: —Bueno, Mena, ¿dónde estás? ¿Por qué no respondiste mis mensajes en todo el día?
Ximena estaba en un bar. Pensando que a esa hora la madre de Julián ya no la llamaría, y sabiendo que Julián tenía el certamen mañana, al ver tantos mensajes suyos, decidió compadecerse y devolverle la llamada.
—Julián, perdóname. No apagué el teléfono a propósito. Es que Quintino vino a buscarme, y estaba hablando con él, diciéndole que mañana le pagaré la deuda de mi papá.
—Julián, mañana tienes que esforzarte mucho en el certamen. Prométeme que ganarás esos cincuenta mil pesos. —Mientras hablaba, fingió que estaba a punto de llorar. Si Julián en su vida pasada hubiera sabido dónde estaba ella y qué hacía realmente, se habría dado cuenta de que Ximena no estaba «lidiando» con Quintino. Vestida de forma provocativa, con un cigarrillo en la mano, estaba apoyada en el balcón del bar, lanzándole miradas seductoras a un matón que estaba detrás de ella, temiendo que se escapara.
El hombre, incapaz de resistirse a sus encantos, y sin importarle que el balcón estuviera a la vista, estuvo a punto de abalanzarse sobre ella.
Por supuesto, aunque no hubo escenas para mayores de dieciocho años en ese preciso instante, la tensión era evidente.
—Julián, tengo que dejarte. Gracias por preocuparte por mí. Nos vemos mañana en el certamen. —Tras colgar, Ximena se sentó en el balcón y comenzó a besarse apasionadamente con el matón, en una escena digna de censura.
Julián frunció el ceño en la distancia. ¿Por qué, a pesar de haber renacido y estar con Mena, todo seguía siendo tan difícil? Maldición, ojalá el ENIS terminara pronto. Quería estar con Mena para siempre.

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