El auto se puso en marcha.
Ana casi se ríe del coraje al responderle: —Señor Mondragón, es que estoy empapada. No quería ensuciar su vehículo, le ruego que me disculpe.
Él seguía teniendo esa misma actitud que siempre le daba ganas de darle una bofetada. ¿Cómo un hombre tan perfecto podía tener esa boca tan venenosa?
—Ah, ¿de verdad? ¿Entonces la Señorita Ana Nogales me está sugiriendo que me metí donde no me llamaban?
Ana: —...
Ella no había dicho eso, ¡que no inventara cosas!
—Parece que la Señorita Ana Nogales aún no me conoce bien. Y eso es extraño... ¿No se supone que la Señorita Ana Nogales me conoce a la perfección? ¿O solo está haciéndose la difícil?
Ana: —...
¿Podía simplemente dejar de hablar? Si él mismo escuchara el tono que estaba usando, también querría darse una bofetada.
Mauricio no tenía intención de llevarla, pero no sabía por qué, al verla con el cabello y la ropa empapados, esperando en ese único rincón seco de la parada del autobús, sintió una inexplicable irritación.
Su veneno al hablar solo se debía a que Ana, esa pequeña y astuta criatura, claramente lo conocía a la perfección, pero aun así le respondía con evasivas. ¿Miedo a ensuciar su auto? ¡Si a Mauricio Mondragón le importara eso, ni la habría patrocinado ni la habría subido!
Lo que le molestaba era que ella... no decía una sola verdad.
Durante los últimos dos días, su detective privado no había conseguido ni un solo rastro útil de ella. Una rutina aburrida: de la escuela a su casa y de su casa a la escuela. Salvo lo estrictamente necesario, ni siquiera salía.
O tal vez, el hecho de que ella destruyera tan fácilmente el software espía que Octavio Zavala le instaló en la laptop, había hecho que él bajara la guardia.
Por fuera no parecía una estudiante dócil, ¿por qué entonces se esforzaba tanto en fingir serlo? Detrás de su petición de patrocinio, ¿realmente no tenía ninguna otra motivación oculta?
Mauricio encendió la calefacción en el asiento de Ana. Sus dedos eran largos y elegantes, y sus gestos, completamente caballerosos.
Ana no respondió a ninguna de las preguntas de Mauricio. Para él, sí parecía que se estaba haciendo la difícil. Pero, por otro lado, él tampoco era ningún santo... ¿Acaso solo porque leyó el reporte del detective de verdad había conducido hasta allí para llevarla a su casa?
Al ver que Ana se mantenía en silencio, Mauricio no volvió a hablar y cruzó sus largas piernas con una elegancia magnética.
—Otra vez estaba leyendo documentos.
En su vida pasada, cada vez que Ana viajaba con él por negocios, si no estaba leyendo documentos, estaba a punto de hacerlo. Ana siempre se sorprendía de que, leyendo tanto a diario, su vista jamás sufriera. A los elegidos de Dios, la vida simplemente les sonreía diferente.
Afuera, la lluvia arreció de golpe. Aunque esos aguaceros pasaban rápido, el tráfico se había atascado por completo.
Al ser fin de semana, la gente que había salido de la ciudad estaba regresando y, con la lluvia, se había formado un embotellamiento masivo.
¿Acaso al Señor Mondragón no le molestaba que Ana se durmiera sobre sus piernas?
Resulta que a Mauricio no solo no le molestó, sino que, con extremo cuidado, sostuvo el rostro de Ana.
Entonces, Zacarías vio con sus propios ojos cómo el Señor Mondragón, el mismo hombre que en el auto jamás quitaba la vista de sus documentos, ahora solo miraba a Ana. Incluso, temiendo que estuviera incómoda, apartó por completo su laptop y acomodó suavemente el cuerpo de la chica para que descansara mejor sobre sus piernas.
Zacarías: —...
¡¿Qué clase de giro en la historia era este?!
¡¿El Señor Mondragón... siendo tan gentil con una simple estudiante?!
Ella aún tenía el cabello húmedo y su uniforme estaba mojado.
Seguro era la lluvia torrencial la que le estaba empañando la vista a través del parabrisas.
Pero Zacarías miró por el retrovisor una y otra vez, a riesgo de hacer enojar a Mauricio, y no se equivocaba: el Señor Mondragón de verdad estaba dejando que esa estudiante durmiera con la cabeza en su regazo.
Si hubiera sido cualquier otra persona, ya habría salido volando de una patada. ¿Por qué el Señor Mondragón trataba a esta estudiante de una manera tan diferente?
¿Porque le era útil? Pero Zacarías no recordaba que él hubiera sido tan suave con ninguna de las personas útiles que lo rodeaban.

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