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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 57

—Bueno, Beatriz, perdóname, no te colgué a propósito. Es que la señal en casa es muy mala. ¿No escuchaste nada raro, verdad? —Mateo temía profundamente que Beatriz hubiera oído algo y malinterpretara la situación.

No sabía si Doña Lidia ya le había contado que él estaba cuidando a su prima.

Mateo pensó que seguramente Doña Lidia no le había dicho nada. ¡Qué tonto era! Debió haberle avisado a Beatriz primero; ahora parecía que estaba haciendo las cosas a escondidas, como un ladrón.

—No, no escuché nada. Mateo, discúlpame por llamarte tan tarde. ¿Fuiste a buscar al papá de Ximena? —Beatriz apretaba las sábanas con fuerza. «Mateo, si te atreves a buscar a otra mujer a mis espaldas, te juro que te arrepentirás».

Al escuchar que Beatriz no había oído nada, Mateo dejó escapar un suspiro de alivio, pero de inmediato se tensó de nuevo: —Beatriz...

—Mateo, no lo pensé bien. Sabiendo la clase de matón que es el padre de Ximena, si ibas a buscarlo, seguro te iba a hacer daño. Menos mal que no fuiste. Mateo, olvídate de este asunto, yo misma buscaré a Ximena para que devuelva el dinero cuando salga del hospital.

Mateo se quedó pasmado: —Beatriz, ¿estás segura de que no escuchaste nada? Escúchame...

—Mateo, ¿qué podría haber escuchado? Tú y yo ni siquiera estamos casados. Incluso si de verdad tienes a una mujer escondida en tu casa, ¿qué podría hacer yo? Solo te llamaba para preguntarte si habías hablado con el padre de Ximena. Si no lo hiciste, déjalo así. Ah, por cierto, pasado mañana es el certamen de física de Julián. Mañana ve al mercado y cómprale un buen pollo de granja, y de paso prepárale el almuerzo y la cena.

—Ese niño... todos estos días que he estado internada, no sé si ha estado comiendo bien. Hace un rato me llamó para pedirme dinero. Mateo, aunque Julián no sea tu hijo biológico, lo has visto crecer. No puedes pensar solo en ti; Julián va a ir a una universidad prestigiosa en el extranjero. Ayúdame a cuidarlo bien; cuando salga del hospital, te pagaré por las molestias.

Dicho esto, Beatriz colgó la llamada.

Lo había hecho a propósito. Quería mostrarse fría e inalcanzable para hacer que Mateo se sintiera culpable.

¡Bah! No fue a buscar al papá de Ximena porque seguramente metió a esa mujer a su casa. Y esa mosquita muerta de Ana Nogales no se quedaba atrás, llamándola «Doña Julia» por aquí, «Doña Julia» por allá, de manera tan melosa.

¿Acaso alguna vez la había tratado mal a ella?

Le pidió que cuidara a su hijo y, en lugar de estar eternamente agradecida, se pone del lado de otra. De tal palo, tal astilla. ¡Par de malagradecidos!

Que esperaran. Mañana mismo pediría el alta del hospital. Ya vería cómo ese par le iba a explicar todo esto.

Mateo escuchó el tono de la llamada finalizada y sintió un nudo en el estómago. Más allá de si ella había escuchado algo o no, la forma en la que le había hablado lo hacía sentir como si él fuera su empleado.

¿Que Julián no había comido bien? ¿Y qué culpa tenía él? Julián lo había bloqueado del celular y había rechazado sus cuidados. Durante el día, Mateo atendía el puesto de comida y se encargaba de llevarle el almuerzo y la cena al hospital.

En todos estos días no había ido a trabajar a la obra y, de su propio bolsillo, había comprado los insumos para mantener el puesto de comida abierto. No había recibido ni una sola palabra de agradecimiento, ¿y encima le decía que le iba a pagar por las molestias?

¿Acaso en todos estos años alguna vez le había cobrado?

Julia no esperaba que Mateo regresara tan pronto. Con el secador en la mano y sus largas piernas expuestas frente a él, se puso tan nerviosa que accidentalmente se quemó con el aire caliente.

Mateo se asustó: —¿Estás bien?

Antes de que Julia pudiera entender qué había pasado, Mateo se acercó corriendo para revisar si se había quemado. Y por esas casualidades de la vida, Julia, con las piernas descubiertas, terminó sentada sobre las rodillas de Mateo. Sus miradas se cruzaron durante tres segundos antes de que ambos saltaran hacia atrás al mismo tiempo.

—Lo siento. —Dijeron al unísono.

El rostro de Julia se puso rojo como un tomate, y el de Mateo también.

A su edad ya habían visto de todo, pero la incomodidad fue inevitable.

—Si ya te secaste el cabello, ve a dormir. Yo recogeré esto. —El secador seguía zumbando en el suelo. Mateo le dio la espalda a Julia y lo desconectó.

Julia asintió obedientemente, levantó las sábanas y se acostó dándole también la espalda.

Desde su habitación, con la puerta entreabierta, Ana chasqueó la lengua y pensó: «A esto le hace falta más intensidad».

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