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Renacer: Reina de Oro, Ex de Barro romance Capítulo 115

Leonardo fue despertado por Ana, quien le puso un frappé frío en la cara.

Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el inmenso cielo abierto y a Ana, sentada a su lado, bebiendo su frappé.

Leonardo se sobresaltó.

—Ana...

Le parecía haber tenido una pesadilla. Soñó que él y Ana habían sido rodeados por cinco matones de la calle. Sin embargo, al abrir los ojos, solo estaba Ana, quien, al escucharlo hablar, le ofreció un vaso de frappé.

—¿Ya despertaste? Si ya estás mejor, acompáñame a la Plaza Tecnológica. Mi teléfono se estrelló y necesito comprar uno nuevo.

Dicho esto, Ana ignoró por completo la expresión de total confusión en el rostro de Leonardo.

—Leonardo, con lo alto que eres, más de un metro ochenta, ¿en serio te desmayaste por insolación solo por caminar hacia la escuela?

—La verdad es que no tienes vergüenza. Por tu culpa te desmayaste y tuve que cargarte. Traté de pedir un taxi en medio de la nada, pero no pasó ninguno y hasta me caí de paso. No me importa, tienes que hacerte responsable y acompañarme a la Plaza Tecnológica a comprar un teléfono.

—¿Entendiste?

Leonardo, encogiéndose como una codorniz, murmuró:

—¿Me dio insolación? No, Ana...

—¿Ibas a decir que nos persiguieron unos matones? ¿Y aún dices que no fue insolación? Ya hasta tienes alucinaciones, Leonardo. Somos estudiantes de último año, ¿para qué querrían rodearnos unos matones? ¿Para cobrarnos derecho de piso? ¿Tan lejos de todo?

Leonardo sentía que algo no encajaba, pero no lograba descifrar qué era.

Abrió los ojos desmesuradamente al notar las heridas en el rostro de Ana. Señalándose a sí mismo con incredulidad, preguntó:

—¿Te caíste por mi culpa?

Ana le lanzó una mirada fulminante.

—¿Pues por qué más iba a ser?

—Levántate ya, necesito comprar un teléfono. Ya usé el tuyo para llamar a la Profesora Helena; no iremos a las clases de la tarde, iremos directo al turno de la noche.

—¿Todavía no has dormido suficiente o qué? ¿Quieres que vuelva a cargarte?

Ana fulminó con la mirada a Leonardo, quien seguía sentado en el suelo.

Leonardo se rascó la nuca y se levantó, con un gigantesco signo de interrogación flotando sobre su cabeza. Sin embargo, antes de que pudiera hacer otra pregunta, Ana ya había parado un taxi rumbo a la Plaza Tecnológica.

Ana no quería que Leonardo supiera por lo que había pasado; en el fondo, era por su propio bien.

Por suerte, Mauricio había asignado al Investigador Anónimo para que la siguiera. Mientras ella huía, el investigador había revisado a Leonardo. Gracias a lo apartado del lugar, Leonardo, que había sido noqueado con una pistola eléctrica, no había sufrido ningún daño grave.

Era mejor dejar que esa mala experiencia se disipara sin más.

Al entrar al aula y notar que ni Ana ni Leonardo habían regresado, Julián Ledesma frunció el ceño.

Un compañero se burló:

Ximena no respondió.

Aquella tarde, se sintió inexplicablemente frustrado. No sabía si era por la falta de respuesta de Ximena o por el hecho de que Ana y Leonardo se habían saltado las clases juntos.

Tanto él como Ana viajaban todos los días desde casa. Él había faltado un par de veces por motivos especiales, ¡pero Ana nunca lo hacía!

Recordó las palabras de su compañero: los habían visto en la zona de desarrollo, ¿paseando tomados de la mano?

A Julián le faltó el aire. Ana no tenía pasatiempos raros; simplemente amaba caminar, en especial por senderos arbolados.

Como a él le picaban los mosquitos y odiaba caminar, Ana había cambiado sus rutas por calles tranquilas o aceras bordeadas por plátanos de sombra.

Ella solía decirle que su única ilusión era caminar tomada de su mano, hombro a hombro. Incluso si no decían una palabra, el simple hecho de caminar en sincronía le parecía la experiencia más romántica y feliz del mundo.

En su vida pasada, él había sido patrocinado para estudiar en el extranjero durante cuatro años, y al regresar, pasó cinco años casi exclusivamente construyendo su empresa. Para ser brutalmente honesto, él y Ana casi nunca habían tenido una cita decente.

Como ir al cine o cenar a la luz de las velas en un restaurante elegante.

Primero, porque él lo consideraba una pérdida de tiempo; segundo, porque realmente no tenía tiempo.

Al renacer en esta vida, Julián seguía sintiendo el mismo desdén, pero Ana se había movido demasiado rápido. Pasar de regalarle la laptop que originalmente había comprado para él en su vida pasada a dársela a Leonardo ya era bastante malo, ¡¿pero ahora también le regalaba los paseos que le pertenecían?!

Mientras más lo pensaba, más se le marcaban las venas en la frente. ¡Con tal de enfurecerlo, ella era capaz de cualquier cosa!

Y eso que él ya le había dicho que, siempre y cuando ella agachara la cabeza y admitiera su error, él aún estaría dispuesto a darle otra oportunidad.

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