La mirada de Fraser se suavizó por un instante. Extendió la mano y le apartó un mechón de cabello de la oreja. Sus dedos rozaron su piel, cálidos y deliberados. Summer se estremeció instintivamente. Notaba que le ardían las orejas. Desesperada por ocultar su nerviosismo, soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.
—¿Por qué se llama Pudín?
La expresión de Fraser cambió un poco. Un recuerdo fugaz afloró en su mente, haciendo que sus ojos, normalmente agudos, se volvieran extrañamente suaves.
—A la persona que lo encontró le encantaba el pudín.
Le gustaba tanto que siempre tenía pudín preparado para cuando ella llegaba al hospital. Y cada vez que ella llegaba y veía el postre en sus manos, se le iluminaba toda la cara. Sus ojos oscuros y brillantes resplandecían de alegría, y su sonrisa era suave y cálida.
Era tan fácil complacerla. Hasta que un día, desapareció y los pudines que tenía en las manos se derritieron, uno tras otro. Más tarde, Fraser compró la empresa que los producía. Era un nombre elegido por capricho, pero tenía mucho más significado del que nadie sabía. Summer lo miró desconcertada.
—¿Entonces Pudín no era tuyo? ¿Lo encontró otra persona? —No pudo evitar sorprenderse.
«¿Fraser, el jefe de Havenbrook, había adoptado a un perro callejero?».
—¿Cuánto tiempo llevas cuidándolo?
—13 años.
Summer asintió poco a poco.
—Eso debe significar que esa persona era muy especial para ti.
«Esa es la única razón por la que le importaría tanto el perro».
Fraser apartó la mirada de Pudín y volvió a mirarla a ella, con un tono inusualmente serio.
—Sí. Ella era importante para mí.
«Otro primer amor. ¿Por qué los hombres siempre tienen un primer amor? Trevor tuvo uno. Y ahora Fraser también».
Summer no sabía por qué, pero ese pensamiento le dejó una sensación desagradable en el pecho. Quizá era el trauma que Peyton había dejado atrás. Dudó antes de preguntar:
—¿Y dónde está ahora la dueña original de Pudín?
La voz de Fraser era ligera, pero había un tono cortante subyacente.
—Ya no se acuerda de él.
Summer frunció el ceño.
—¿Qué? Pudín es tan mono. ¿Cómo ha podido olvidarse de él? ¿Quién puede ser tan cruel?
Los labios de Fraser se curvaron un poco.
«¿Acaso esta mujer no se da cuenta de que se está insultando a sí misma?»
Su tono era indolente, casi divertido.

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