En la entrada del pasillo hacia los baños, Sabrina observaba al hombre frente a ella con el rostro carente de expresión. Su voz sonaba profunda y cargada de altivez.
—Para ser tu regreso al país, Ricardo, hiciste bastante alarde. Cualquiera que no te conozca pensaría que estás buscando novia. ¿Qué pasó? ¿Acaso tu dulce encanto te abandonó?
El hombre, enfundado en un traje impecable, no alteró su expresión. Solo curvó ligeramente la comisura de los labios.
—Señorita Solís, ¿tan preocupada está por mi vida privada?
—Pff.
Sabrina rodó los ojos con desdén.
—¿Quién estaría preocupada por ti?
—Solo me parece un fastidio verte. Hoy vine únicamente porque mi novio insistió en traerme. De haber sabido que estarías tú, me habría ahorrado el disgusto.
Finalmente, el hombre reaccionó. Sus oscuros ojos parpadearon, ocultando intenciones indescifrables.
—Ese joven de la familia Silva... ¿es tu novio?
—Así es.
Sabrina se cruzó de brazos con lentitud, destilando una actitud arrogante. Sus gestos tenían un claro tono de alarde.
—Es guapo, poderoso y tiene dinero. Juntos hacemos una pareja imbatible. ¿Qué te parece, Ricardo? ¿Estás feliz por mí?
Desde que ella y ese hombre habían cruzado la puerta del salón, no habían escapado de su vista en ningún momento.
¿Feliz por ella?
Ja.
No tenía tiempo para esas tonterías.
Clavó su mirada profunda en la mujer que tenía enfrente y dijo con voz helada:
—Entonces que sean muy felices.
Tan pronto como pronunció esas palabras, las luces de un pasillo cercano se encendieron.
El resplandor cayó sobre ellos, alargando sus sombras en el suelo y haciéndolas lucir fragmentadas y rotas.
Sabrina apretó los puños en silencio. Sin darse cuenta, sus ojos se habían llenado de lágrimas, pero apretó los dientes, negándose a dejar escapar la más mínima señal de debilidad.
De pronto, ya no tenía ganas de decir nada más.
Dio media vuelta y se marchó.
Su elegante silueta quedó grabada en las oscuras pupilas del hombre; el ondulado cabello castaño se balanceaba al ritmo de sus pasos, trazando líneas cautivadoras en el aire.
En el corto lapso que duró aquel encuentro, una emergencia estalló en el salón principal.
—Fue solo un roce, pero la torre le cayó encima.
—...
Hacía un momento, Valeria se había levantado para buscar un postre e intentar contentarlo. Pero apenas dio un par de pasos, escuchó una voz masculina a sus espaldas:
—¡Cuidado!
Antes de que pudiera darse cuenta de lo que sucedía, volteó justo a tiempo para ver la enorme torre de copas cayendo hacia ella. Y en esa fracción de segundo, Alejandro se abalanzó para protegerla, usándose a sí mismo como escudo.
Valeria dejó escapar un suspiro disimulado. Otra vez.
Levantó la cabeza, cruzándose con los ojos profundos y oscuros del hombre.
—El servicio de urgencias ya viene, no te muevas. Necesitan usar pinzas para sacarte los pedazos de vidrio.
Al ver cómo ambos se miraban con tal intensidad, Sabrina ni siquiera tuvo ánimos para lanzarles una broma sarcástica. Nunca había estado expuesta a escenas tan sangrientas y le costaba mantener la compostura.
—¿Quién lo hizo?
—No lo sé.
Un destello inescrutable cruzó la mirada de Valeria, y respondió en un tono sereno:
—Probablemente un mesero tropezó sin querer. Pero, por si acaso, habrá que llamar a la policía para que lo investiguen.

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