Chiqui estaba sentado a la mesa con un vaso de leche en la mano y bebiéndola a sorbos pequeñitos, parecía todo un caballerito.
"Buenos días".
"Mami, buenos días".
Chiqui saludó con una sonrisa de oreja a oreja.
"Hola, mi amor".
Natalia le plantó un beso en la mejilla a su hijo y luego se giró hacia Aarón: "¿Todavía te sientes mal?".
Aarón todavía sentía el mundo dando vueltas, "¿Este es tu hijo?".
"Chiqui, saluda".
Aarón hizo un gesto con la mano: "¿Tu hijo tiene algún problema en la cabeza o qué?".
Natalia frunció el ceño.
"Desde que se levantó ha estado dándole duro a los problemas de matemáticas, y son bien complicados".
Natalia pensaba que era otra cosa, ¿era todo por eso?
"Es que le gustan mucho las matemáticas".
"¿De verdad hay gente a la que le gustan las matemáticas?".
Aarón empezó a dudar de la vida.
"Y también es un genio jugando al ajedrez, ¿tú le enseñaste?".
"No, es que Graciela jugaba antes y yo me uní, así que aprendí".
Chiqui lo dijo con una vocecita clara.
Aarón soltó un grunido y se desplomó en el sofá.
¿Pero qué clase de hijo había tenido?
Natalia sabía que Chiqui era un niño listo y le pellizcó la nariz: "Vamos, come rápido que el auto ya está por llegar".
Chiqui terminó su desayuno y antes de irse le dio un beso a Natalia: "Mami, nos vemos en la noche".
Luego, Chiqui le echó un vistazo a Aarón: "Hermano Aarón, hasta la próxima".
Aarón cerró los ojos con resignación.
Cuando Chiqui se fue, Aarón se incorporó con malestar y dijo: "Natalia, dime, ¿cuántos años tiene tu hijo?".
"Seis años".
Natalia le ofreció a Aarón un plato de sopa: "Toma un poco de sopa para calentar el estómago".
Aarón tenía una expresión horrible.

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