La sala del hospital estaba repleta de gente.
Fabricio estaba que se caía de sueño, no podía ni preocuparse por el dolor de la palma de su mano, medio recostado en el cabecero de la cama, luchando por mantener los ojos abiertos.
La señora Díaz llegó a la sala y esto fue lo que vio:
Su hijo, al que había criado con tanto esfuerzo, llevaba un uniforme todo arrugado, había adelgazado bastante y debajo de sus ojos se acumulaba una sombra azulada.
Tenía la mano derecha vendada, con un pequeño rastro de sangre que se filtraba a través del vendaje.
El cabello desordenado, había perdido su aire de distinción y ahora tenía más un aspecto desaliñado y de agotamiento.
La respiración de la señora Díaz se entrecortó.
Se acercó lentamente.
Fabricio, que no estaba durmiendo profundamente, escuchó los pasos, levantó la cabeza, la vio y llamó: "Mamá".
La señora Díaz se acercó a la cama y dijo con voz ronca: "Todo esto por Priscella, ¿valió la pena pelear conmigo hasta este extremo?"
Fabricio sentía un dolor terrible en la mano y estaba agotado: "Valió la pena".
Le gustaba Priscella, no quería casarse con Carmen, y mucho menos que la señora Díaz controlara su vida para siempre.
La señora Díaz sintió un poco de amargura.
"Si tanto te gusta Priscella, ¿por qué no vino?"
Se había hecho tanto daño y Priscella ni siquiera se había asomado.
¿Esa era la mujer a la que amaba?
"Priscella es débil, ya era tarde y no le dije".
Fabricio defendió a Priscella instintivamente.
No quería que Priscella sufriera.
La señora Díaz lamentaba haber criado a Fabricio tan ingenuo. Una mujer como Priscella, que no valoraba los sentimientos, siempre estaba interesada en el poder, ¡no en el amor!
"Fabricio, te he criado con esfuerzo durante treinta años, y por una mujer como Priscella, te has peleado conmigo y con la familia hasta llegar a este punto, ¡es como clavarme un cuchillo en el corazón!"
Fabricio tenía los ojos rojos: "Mamá, si aceptas que me case con Priscella, haré lo que tú digas."
Solo quería estar con la persona que amaba.
La señora Díaz lo miró fijamente: "Puedo concederte cualquier cosa a excepción de eso."
"Entonces no tenemos nada de qué hablar."
Fabricio también era terco.
La señora Díaz se quedó media hora y se fue.
Al salir del hospital, llamó a Carmen: "Carmen, gracias por ayudar a Fabricio."

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Pero… ¿¡Eres un Millonario!?