"También tienes a Chiqui."
Natalia con una sonrisa amarga lo consolaba: "Chiqui, Joel y yo siempre seremos tu familia."
Ricardo extendió su mano, acariciando su mejilla con ternura y después de un rato inclinó su cabeza.
Sus frentes se tocaron.
Sin atisbo de ambigüedad.
Era más bien un choque de almas.
Ricardo, como un gatito que deja de luchar, expuso su lado más vulnerable a Natalia, dejándola moldearlo a su antojo.
El funeral de la anciana fue grandioso, y la gente que vino a dar el pésame era innumerable.
Ainara y Beatriz llegaron juntas, abrazaron a Natalia y le pidieron que no estuviera tan triste.
Natalia fingió una sonrisa.
Desde la muerte de la anciana hasta ahora, no había podido cerrar los ojos.
No podía perdonarle que haya tenido la intención de matarla alguna vez.
Pero tampoco podía olvidar todo el cariño que le había dado.
La muerte de una persona era como una lámpara apagándose.
Natalia no quería complicarse la vida en ese momento, solo quería terminar con el funeral.
"Ainara, Betty, gracias por venir", dijo Natalia con una sonrisa suave. "Hay tantos invitados que no tengo tiempo de atenderlos a todos."
Las dos negaron con la cabeza: "Mis condolencias."
Había tantos invitados como estrellas en el cielo, incluso habían venido periodistas.
Ricardo estaba serio y nadie se atrevía a acercarse.
Simona Roldán no paraba de llorar, y al ver que Natalia aún podía sonreír, se llenó de rabia hasta las entrañas.
De repente, agarró una copa de agua de la mesa y la lanzó con furia hacia Natalia: "La abuela se ha ido, ¿cómo puedes seguir sonriendo?"
Natalia recibió el fuerte golpe y por un momento su vista se oscureció.
"Natalia, tú fuiste la última persona que vio la abuela antes de morir. ¿Qué le dijiste? ¿Por qué en su testamento, una parte de las acciones las heredaste tú?"
Simona estaba furiosa; ella era la nieta biológica de la familia Roldán, pero solo había recibido algunas propiedades y dinero en efectivo.

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