Un par de ojos estrellados resonaban como olas. Hernán sintió un escalofrío y despertó súbitamente de un sueño.
El sudor caliente fluía por su espalda.
Sentía una extraña agitación en su pecho.
Extendió la mano, algo irritado, pero también resignado.
¿Acaso un sueño tiene tal poder de impacto?
Durante sus años en el extranjero, dentro de la familia Castillo, conoció a muchas personas, incluidas algunas mujeres excepcionales.
Pero hacia ellas, más allá del respeto, no surgía ningún pensamiento indebido.
Excepto cuando veía a Ainara.
Extendió su mano, se frotó fuertemente la cara, se levantó de la cama y entró al baño.
Después de deshacerse del calor corporal con una ducha, Hernán sintió la boca seca y fue a la cocina por un vaso de agua. A medio trago, recordó la cena familiar de los Castillo.
No asistió.
¡Seguro que le criticarían de nuevo!
Hernán regresó a su habitación, encendió el móvil y se encontró con una serie de llamadas perdidas.
Las borró todas, pretendiendo no haberlas visto.
Ese sueño le impidió volver a dormir.
Pasó la noche ocupándose de asuntos laborales, canceló una negociación que tenía programada para el día siguiente, planeando acompañar a Odalys al hospital para una revisión.
A las seis de la mañana, Hernán salió a correr.
De regreso, compró desayuno por el camino.
Odalys justo despertaba al verlo llegar: "Hernán, ¿ya te levantaste tan temprano?"
"Señora, compré desayuno, por favor coma pronto. Más tarde la llevaré al hospital para su chequeo."
Odalys sonrió: "Tú estás ocupado con el trabajo, puedo ir sola."
No quería ser una carga para Hernán con su apretada agenda.
"Señora, su salud es lo primero."
Hernán dejó el desayuno, "Ahora voy a despertar a Ainara."
Odalys no podía ocultar su afecto por Hernán: "Está bien."

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Pero… ¿¡Eres un Millonario!?