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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 99

Entonces, Abril sonrió.

No era una sonrisa de felicidad. No era una sonrisa de amabilidad. Era una sonrisa serena, casi imperceptible, pero con un filo de acero pulido. Era la sonrisa de alguien que está a punto de dar jaque mate y se toma un momento para saborear la victoria.

El silencio en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes era ahora tan absoluto que se podía oír el siseo de las burbujas en las copas de champaña abandonadas.

—Gracias por tu preocupación, Valentina.

La voz de Abril no fue un susurro, ni un grito. Fue clara, mesurada y resonó en el espacio con una autoridad inesperada. Cada sílaba era un golpe de cincel sobre mármol.

Valentina parpadeó, desconcertada por la respuesta. "Gracias" no era la palabra que esperaba.

—Pero te equivocas —continuó Abril, su sonrisa nunca vaciló.

Los ojos de Simón estaban fijos en su esposa. Sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Sabía que esas palabras eran solo el preludio.

Abril hizo una pausa, una pausa magistralmente calculada que obligó a todos a inclinarse ligeramente, a aguzar el oído. Dejó que sus palabras anteriores calaran, que la contradicción sembrara la duda en la mente de los espectadores.

Sus ojos, todavía fijos en los de Valentina, se oscurecieron con una intensidad que hizo que Valentina quisiera retroceder.

—Algunos sueños no mueren.

La frase flotó en el aire, críptica, poética. Para los oídos de los extraños, sonaba como una declaración de resiliencia, una frase inspiradora.

No fue una acusación. No fue una pelea. Fue una promesa.

Para los invitados, la frase fue un enigma intrigante, el final de un extraño y tenso intercambio.

Pero para Valentina, fue el sonido de una guillotina descendiendo. "La verdad". Esa palabra. Abril lo sabía. De alguna manera, lo sabía todo. El espionaje. La traición. Ramiro Vargas. Los cinco años de mentiras sobre los que había construido su vida. El color desapareció por completo de su rostro. Su boca se entreabrió en un gesto de puro terror.

Simón se quedó helado. La sangre le zumbaba en los oídos. La verdad. La verdad que él había ayudado a enterrar. La verdad que había sacrificado a un hombre inocente para proteger. La verdad que ahora, en los ojos tranquilos de su esposa, veía resurgir como un fantasma para reclamarlo todo.

Abril mantuvo su sonrisa serena por un segundo más, observando el terror florecer en el rostro de Valentina.

Luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se alejó, dejando a Valentina temblando en medio de un silencio atronador.

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