El correo electrónico llegó a media tarde.
Simón lo vio aparecer en su bandeja de entrada, con el sello oficial del Colegio de Arquitectos. El asunto era simple: "Notificación Oficial - Premio Nacional de Arquitectura".
Su corazón dio un vuelco. Hizo clic para abrirlo, sus manos de repente sudorosas.
Lo leyó una vez. Y luego otra. Las palabras se arremolinaban frente a él: "En reconocimiento a su destacada contribución...", "...visión innovadora...", "...unánimemente seleccionado por el jurado...".
Lo había ganado.
El Premio Nacional de Arquitectura. El galardón más prestigioso de su profesión en el país. El logro que coronaba su carrera. El que lo elevaba de ser un arquitecto exitoso a ser una leyenda.
Una oleada de euforia pura lo recorrió, tan intensa que casi lo dejó sin aliento. Se recargó en su silla, una sonrisa extendiéndose por su rostro. Lo había logrado. Todo el trabajo, todos los sacrificios, habían valido la pena.
Y su primer pensamiento, el que surgió inmediatamente después de la euforia, fue: "Tengo que decírselo a Abril".
La necesidad era casi un impulso físico. Necesitaba ver su reacción. En el fondo, una parte de él, la parte vieja y arrogante, esperaba que esto la impresionara. Que la hiciera darse cuenta de lo que estaba perdiendo, del calibre del hombre que estaba tratando con tanta frialdad. Era su mayor triunfo, y quería usarlo como un arma o como una ofrenda de paz. No estaba seguro de cuál.
Esa noche, la encontró en la biblioteca de la mansión. Estaba sentada en un sillón, acurrucada bajo una manta de cachemira, leyendo un libro. La luz de la lámpara creaba un halo dorado alrededor de su cabello. Parecía tan pacífica, tan inalcanzable.
Él se detuvo en el umbral, carraspeando para anunciar su presencia.
Ella levantó la vista, sus ojos tranquilos y sin sorpresa.
—Simón.
Él entró, sintiéndose extrañamente como un adolescente nervioso. Se detuvo frente a ella, demasiado orgulloso para sentarse.
Y eso fue todo.
Su respuesta fue tan perfectamente educada, tan impecablemente correcta y tan absolutamente desprovista de emoción, que lo descolocó por completo. Fue como lanzar una piedra a un lago profundo y no escucharla golpear el agua.
No había orgullo en su voz. No había admiración. No había resentimiento. No había nada. Solo una aceptación educada.
El mayor logro de su vida, y para ella, era un simple apunte en su calendario social.
De repente, el premio se sintió hueco. La euforia de la tarde se había evaporado, dejando un residuo amargo de decepción.
Se dio cuenta de que su indiferencia era su arma más poderosa. No necesitaba gritar ni pelear. Solo necesitaba no sentir nada. Y eso, para un hombre como Simón, que vivía de las reacciones de los demás, era la forma más devastadora de derrota.

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