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Perfume Letal de la Esposa romance Capítulo 77

El taller de "Aromas del Alma" era el único lugar donde Abril se sentía completamente segura. Era su santuario, su laboratorio, su fortaleza.

Bajo la luz blanca y nítida de su lámpara de trabajo, conectó la memoria USB de Vargas a un ordenador portátil que no estaba conectado a ninguna red. Era un dispositivo limpio, un "lienzo en blanco" que usaba exclusivamente para sus investigaciones más delicadas.

Introdujo la contraseña que Vargas le había escrito en un trozo de papel. La pantalla parpadeó y una única carpeta apareció en el escritorio.

El corazón de Abril latía con un ritmo tranquilo y metódico. No había ansiedad, solo una fría y concentrada expectación.

Abrió la carpeta. Dentro, había docenas de archivos. Hizo clic en el primero.

Era una cadena de correos electrónicos. La leyó con una atención minuciosa, sus ojos recorriendo las líneas de texto.

Vio con sus propios ojos las palabras de Valentina, coquetas y manipuladoras, dirigidas a un ejecutivo de la empresa competidora.

Vio cómo ella ofrecía "información privilegiada" sobre el diseño de Simón.

Vio cómo negociaba su precio.

Luego, abrió los registros del servidor. Eran líneas y líneas de código y marcas de tiempo, incomprensibles para un profano, pero para ella, que había pasado semanas estudiando los conceptos básicos de la ciberseguridad, eran tan claros como el agua. La fecha. La hora. El archivo específico que había sido descargado.

Abrió la caja de seguridad que había alquilado a nombre de "Aromas del Alma". Dentro, colocó los tres discos duros, junto a una copia impresa de los correos electrónicos más incriminatorios.

Cerró la pesada puerta de metal. El sonido del cerrojo al girar fue definitivo, satisfactorio. La prueba estaba a salvo. Inexpugnable.

Mientras salía del banco y volvía a la luz del sol, una frase de su abuela resonó en su mente, una lección que no se encontraba en el grimorio, pero que le había enseñado con el ejemplo.

Se detuvo en la acera, mirando el ajetreo de la ciudad, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

—La paciencia —susurró para sí misma—, es el ingrediente secreto de la venganza perfecta.

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